El domingo reciente cuando paseaba por Pasos y Pedales veía la frondosidad de las jacarandas, los matilisguates, los arbustos de Costa Rica y buganvilias reverdecidos y frondosos, me solacé por la ruta con mucha alegría. Los árboles fueron rescatados de su precipitada muerte y, ahora, con este invierno generoso todas sus ramas reverdecieron y respiran con libertad. El paisaje había cambiado y nuevamente todo el ámbito silvícola regala vida a los múltiples transeúntes.
Naturalmente, la vecina soy yo, y lo del matapalo es una bonita historia. La fecha exacta no recuerdo. Digamos que fue hace un año cuando como ecologista o ecoloca practicante y vecina de la Avenida de las Américas, desde hace muchos años, mantenía el triste sentimiento de ver que el matapalo estaba ahorcando a la mayoría de árboles que crecieron para hermosear el extenso parque.
Decidí hacer alguna gestión para que el arboricidio fuera detenido. Me daba tanta lástima caminar por ese ensombrecido panorama que ni los asiduos visitantes percibían, ni los jardineros sabían y sus jefes, sin duda, no se daban cuenta de la multiplicación y el avance que el ingrato bejuco había logrado en muchas cuadras.
Conté mi visión del panorama con la intención de que mi ruego llegara a oídos del señor Alcalde, y que sus colaboradores se decidieran por tomar alguna acción y no se permitiera que los múltiples árboles murieran en ese inexplicable abandono, me indignaba que los versados en temas del cuidado de los parques no hubieran tomado alguna iniciativa.
Mi ruego fue atendido y, pocos meses después, cuál sería mi sorpresa que toda una brigada de trabajadores y un vehículo con una canasta en las alturas se identificaban con el rótulo “Brigada del Matapalo” y, desde entonces trabajaron varios meses, a través de todo el parque. Quitaron las ramas ya perdidas y bajaron radicalmente al ingrato malo disfrazado de bueno.
Y, como la mayoría de guatemaltecos somos muy buenos para criticar y hacer señalamientos, y no reconocer los méritos ajenos, hoy patentizo mi agradecimiento al señor alcalde, Ricardo Quiñónez y a las personas que siguieron esta iniciativa para tomar conciencia de lo que estaba sucediendo en el parque más bonito y acogedor de la ciudad.
¿Y qué es el matapalo? Se preguntan quienes no lo conocen. En buen lenguaje campesino es un bejuco que no tiene raíces y que lo dispersa el viento de árbol en árbol, se instala, crece, cubre las ramas y donde se arraiga con sus hojitas verdes va matando la vida de los árboles y los deja sin hojas y secos. Por esa causa el ojo común ni cuenta se da. ¿Y yo por qué sí? Sencillamente, porque mi relación con el campo y los árboles viene desde hace muchos años.
Ahora reflexionemos: A esos bejucos humanos que destruyen por donde pasan y que hoy nos carcomen la vida, ¿dónde estarán las brigadas para combatirlos?