Hace 43 años me invitó Max Araujo, del grupo literario RIN 78, a una reunión en La Tertulia de la zona 4, en la sexta avenida, para conocer a los entusiastas editores que habían aceptado publicar mi primer libro de cuentos: Escritores famosos y otros desgraciados. La Feria de Agosto estaba en pleno apogeo, y por tal motivo una de las integrantes del grupo llegó tarde, porque se habrá entretenido jugando lotería, lo que tuvo como consecuencia que le tocara sentarse en la única silla sobrante, es decir, a mi lado. Las demás landivarianas integrantes del grupo optaron por guardar distancia del bohemio antigüeño. La atrasada apareció imponente, alegre, desenfadada, rompiendo la solemnidad de la reunión. Nos pasamos el resto del rato discutiendo, porque ella dejó bien claro que se había opuesto a la publicación de mi obra, pero que había ganado la mayoría. Su rendición no significaba dejar pasar por alto expresar sus razones, y yo la escuché con arrogancia, como oír llover, y el libro se publicó y también me quedé con mi crítica, y fue Max quien en consecuencia nos casó. Al cabo de las décadas, cinco hijas, cinco nietos (esta semana celebramos la llegada de Pilar) y quince libros publicados, reconozco que mi suerte está ligada a la circunstancia de los libros y a la casualidad impuesta por la Feria de Jocotenango, por eso no nos perdimos la visita este año, cuando reanudó actividades después de dos años de restricción por la emergencia de salud.
La vida se compone de pequeños detalles, y ver que en el Paseo Simeón Cañas haya una estatua monumental, moderna, dinámica y sonora que recuerda el sentido de la familia, me hace identificarme. La avenida bordeada de árboles, con encaminamientos, jardines y la nueva plaza al norte se asocian con mi propia familia, y pienso que es un privilegio mantener las tradiciones y ver cómo todo se actualiza, diversifica y transforma.
La visita a la Feria fue grata, y la comparé con el desorden del pasado, que también tenía su gracia, pero el ordenamiento da confianza, el flujo de visitantes se desplazaba del lado derecho y se caminaba hacia la salida por el izquierdo. Las familias con muchos niños y ancianos, más la presencia de jóvenes, daban al evento confianza. Todo se veía limpio, sin apretazones (fruto de la experiencia del COVID), y mientras unos degustaban los platillos acostumbrados, otros se encaramaban en los juegos, en la rueda gigante, en las emociones innecesarias en un país donde el asombro es estado natural.
El retorno de la Feria de Jocotenango hizo sentir que ya estamos en la nueva normalidad, y que de aquí en adelante todo será activación.