Si de algo podemos dar lecciones los venezolanos es de estabilidad inflacionaria, inflación e hiperinflación. Todos lo sabemos porque lo hemos sentido y sufrido en carne propia, inclusive manejamos información precisa de la situación del exterior por los venezolanos que se cuentan por millones y constituyen una magnífica agencia noticiosa económica para comparar realidades. Siempre hay alguien que nos lo dice y saca la cuenta de ese fenómeno de aumento general y generalizado de los precios de todos los bienes y servicios, en efecto dominó. Este aumento implica un descenso en la adquisición de bienes y el suministro de peores servicios, un gasto mayor innecesario de dinero del que no se tiene suficientemente o, simplemente, no se tiene, lo que lleva a una desaparición de las ofertas de trabajo o posibilidades de empleo. Como vemos, es una enfermedad que puede ser crónica y, peor, provocada, deliberadamente, por el gobierno de turno. Y el círculo es vicioso, empeorando, cuando ni siquiera hay expectativas de obtener algunos ingresos en un plazo razonable, mientras que el gobierno prende la máquina de hacer billetes sin respaldo alguno; en otras palabras, sin ingresos reales legitimados por el trabajo honrado, limpio y sostenido. Si no hay producción ni productividad en el país, por supuesto que no hay una economía sana ni cuerpo que resista esa realidad, más de las veces, trágica.