Cumplir 200 años y continuar siendo un escritor vigente, como en el caso de don José Milla y Vidaurre, es algo que quienes nos hemos dedicado al oficio, con mayor o menor fortuna, difícilmente podríamos pretender, a no ser en un arrebato de soberbia o de megalomanía. El mismo Mario Monteforte Toledo, con quién platiqué de esto en varias ocasiones, se preguntaba si sus libros lo sobrevivirían y si tendrían algo que decirle a los lectores del futuro. Para él, el único autor guatemalteco que continuará presente de aquí a unos 300 años, cuando todos –absolutamente todos– los que hemos intentado darle un sentido a las palabras en los tiempos que corren, estemos muertos, es Miguel Ángel Asturias. Y eso, apostándole al porvenir.
Más que al futuro, Milla le apostó sobre todo al pasado. Mal que bien, quiso contarnos de dónde veníamos. Ofrecerle algunas conexiones con sus orígenes a un país que estaba naciendo tal y como hoy lo concebimos. Para el habitante común de este territorio, a mediados del siglo XIX, todo lo que estaba detrás, es decir la época colonial y, por supuesto, la precolombina, era una nebulosa de la que surgían algunos espectros que habían sobrevivido mediante muy escasos escritos e historias orales. Milla revivió monstruos, mitos, fantasmas, delirios, alucinaciones, miedos muy arraigados, en singulares novelas en donde –para su fortuna o la nuestra– el fabulador, se impone al historiador.
Enrique Gómez Carrillo llamó a Pepe Milla “el novelista de las momias coloniales”. Tenía algo de razón, o mucha. Si algo ha marcado el oficio de la escritura desde estos atormentados lugares, ha sido el hecho de desenterrar y revivir momias y cadáveres, fantasmas que nos atormentan desde los inicios de este delirio que hoy por hoy entendemos como Guatemala. Milla nos dio algunas pistas para reconocernos y después contarnos, que es posible se hayan vuelto indescifrables.
Vuelvo a ‘La hija del Adelantado’, la primera novela que me contó mi abuela. Yo habré tenido tres o cuatro años y era un absoluto iletrado. No sé si fue ella o Milla quien me regaló el universo de la ficción, antes de que la seño Esperanza me enseñara a leer y a escribir. En todo caso, mi profundo agradecimiento es para los tres. Pues bueno, desde que me la contó mi abuela, la novela se me presentó como un fresco gigantesco y delirante. Más allá de su romanticismo heredado de Hugo y Dumas, Milla fue un muralista excepcional. Como no sabía pintar, se dedicó a contar, es decir a dibujar con palabras. Me quedo con dos momentos para mí extraordinarios: La entrada de Alvarado al Valle de Almolonga, segundo asentamiento de la capital del “Reino”, y la destrucción de este por una inundación en 1541. Invasión y devastación, ruinas que dejan la guerra y los cataclismos, decorados suntuosos que se derrumban y se mezclan con el lodo. Ansias de poder para “atemorizar la tierra” que determinan hasta el asco los destinos personales, De ahí venimos, según don José Milla y Vidaurre. Ahí permanecemos.