Siempre recordaré la vez en que le pregunté a la mamá de un compañero de colegio que me había invitado a almorzar en su casa si ellos tenían algún antepasado indígena, ya que era obvio que por sus rasgos y el color de la piel eran personas mestizas, lo que no era raro entre los compañeros de colegio a los cuales yo admiraba y envidiaba secretamente, pues el hecho de haber nacido “color de aspirina” me había valido desagradables experiencias en mi infancia.
Cuál no fue mi sorpresa cuando la señora se me abalanzó para explicarme, llena de enojo, con el dedo índice apuntalado, que su familia era española pura, y que sus antepasados jamás habían tenido mezcla alguna ni con indios ni con negros, arenga que me dejó la cabeza viendo estrellitas.
Años después, conforme crecí y fui descubriendo las características, aptitudes, cualidades, misterios y taras del “ser guatemalteco”, o sea, las distintas maneras de existir en este país crucificado por contradicciones inextricables, comprendí que aquí, el mecanismo de negación es una estrategia psicológica, tanto individual como colectiva, inconsciente o semi-inconsciente, que nos permite evitar aquellas realidades conflictivas que podrían acarrearnos dolor, sufrimiento, inseguridad y crisis graves de identidad.
Podemos entender ese mecanismo a través del comportamiento de los niños que ”mienten” y niegan las acciones que han cometido y que podrían generar un castigo, lo cual, en sí, no es grave, pues conforme se va creciendo, estos mecanismos se hacen cada vez menos necesarios. Sin embargo, en situaciones extremas de conflictos de conciencia, dicho mecanismo adquiere una forma patológica en la mente de aquellos que no están dispuestos a aceptar los hechos y las verdades que ponen en peligro la pervivencia de su “yo”, y se convierten así en grandes negadores de la realidad.
En el caso de Guatemala, somos un inmenso vivero negacionista. Las elites económicas y los sirvientes políticos que han devastado el país desde hace siglos, no solo han negado su histórica labor depredadora, sino que niegan de manera absolutamente psicótica (recordemos que la psicosis es una pérdida de contacto con la realidad que se escenifica a través de una narrativa deforme plagada de acciones y reacciones delirantes).
Según estas personas, aquí nunca hubo un golpe de Estado dirigido por la CIA en 1954, el ejército nunca masacró masivamente a millares de civiles inocentes, nunca se reconoció el papel decisivo contra la corrupción que jugó la CICIG y, según ellas, nunca gobierno alguno restringió la libertad de expresión, ni ha perseguido, condenado o asesinado a ningún periodista. Y todo eso te lo dicen los negacionistas con una abierta sonrisa mientras, desde las sombras, alguien te está ya apuntando a la cabeza y podría apretar el gatillo de un momento a otro.