En los últimos años, los avances tecnológicos han sido cuánticos y han creado infinitas posibilidades para los seres humanos, en casi todos los aspectos de la vida. Uno de estos aspectos ha sido el acceso a la información. Hoy contamos con ilimitadas fuentes y mecanismos de acceso a la información. Es más, cualquiera con servicio de Internet puede, desde un teléfono móvil, tener al alcance tanto la información que desea como la que no. En términos educativos y de exposición al mundo, aquellos con limitadas oportunidades ahora pueden ser parte de un mundo al que antes no tenían acceso. Por ejemplo: sin salir del país de origen, muchos visitan de manera virtual los grandes museos de las ciudades más cosmopolitas del mundo, recorren sus calles y aprenden de su cultura. De igual manera se democratizó la comunicación, rompiendo las fronteras y reduciendo las brechas entre las diferentes culturas. De la noche a la mañana, el mundo se entrelazó y la mayoría de los ciudadanos pasamos a ser parte de una misma red; conectados de infinitas maneras y capaces de generar infinitos resultados.
Los beneficios de estas innovaciones son innumerables. Sin excepción, todos los sectores de la sociedad han sido beneficiados y nuestras vidas han mejorado. Pero no todo ha sido para bien. Nos hemos vuelto esclavos de la interconectividad, convirtiéndonos en dependientes de la tecnología. Y, lo que es más alarmante aún, dependemos emocionalmente de lo que a través de la interconectividad se dice de nosotros. Sin filtro y sin control del contenido y de la cantidad que recibimos de este, somos lo que vemos y oímos, lo que proyectamos, decimos y publicamos. Lastimosamente, las redes sociales nos definen, y definen el mundo por nosotros. El control y la manipulación de las masas no son nada nuevo, llevamos un buen tiempo sometidos al poder de la propaganda y la mercadotecnia, ambas responsables de crear las tendencias que han movido al mundo para bien o para mal. Sin embargo, lo que hoy vivimos no tiene precedente: nunca en la historia de la humanidad la información había sido ilimitada, no solo en contenido sino en cantidad y frecuencia.
En este escenario interconectado —en el que se democratizaron las comunicaciones y la información—, nace también la democratización de las opiniones. Hoy en día, cualquiera supone ser un “medio de comunicación” y su opinión circula en las redes sociales, en las mismas plataformas en las que circulan los que tradicionalmente se dedicaban a informar. Con esto no pretendo decir que quienes a la labor de informar se dedicaban, siempre la ejercían apegados a la ética, a la moral y a la veracidad. No obstante, lo hacían sin ocultarse en el anonimato y sujetos a la rendición de cuentas al momento de inventar, difamar o desprestigiar. Hoy, cada uno es el curador de su propia información, tanto de la que recibe como de la que replica. Los famosos influencers y los netcenters tienen mucho en común, con la excepción del anonimato. Ambos, para bien o para mal, buscan crear tendencia a un precio de tarifario. De mucho beneficio es para las marcas que consumimos, como para quienes pretenden exaltar una imagen o desprestigiar otra. Si algo está en Facebook, Twitter, TikTok, entre otras, lo consideramos veraz y digno de ser compartido en nuestras redes sociales cerradas de WhatsApp. Estas últimas conformadas por similares, en donde rara vez existe un balance o contrapeso que ponga en duda lo que está circulando. Conocer la verdad jamás había sido tan complicado, por eso, hoy en día la verdad es un tesoro difícil de encontrar. Irónicamente, la tecnología suponía hacer nuestro mundo más grande en todo sentido, pero las redes sociales lo han hecho más pequeño que nunca pues somos nosotros mismos los creadores de estas. Como bien dice Arjona: “No es tan idiota el que lo escribe como el que lo toma en cuenta”.