Migrantes nostálgicos

Los migrantes chapines son luchadores, emprendedores y aventureros, y han hecho crecer el ingreso de divisas al país de 1,579 millones de dólares en el 2002 a 15,295 millones en el 2021, lo que implica diez veces más en apenas 20 años. Es mucho trabajo fuera, lo que nos está convirtiendo como marinos del pasado, que se iban meses al mar, y regresaban si sobrevivían, para volverse a marchar. El mar era su mundo. 

Lo interesante de apreciar es cómo los guatemaltecos nos aferramos a nuestro país, a la tierra que nos resulta el mejor país del mundo a pesar de las contradicciones. Nos incorporamos a la legalidad o ilegalidad, en comunidades entrelazadas, donde nos reunimos con nuestros similares viviendo en la patria extendida. 

Hace algunos años fui invitado por una comunidad chapina en Chicago para hablar de libros, leer y compartir, y fue una experiencia inolvidable porque me recibieron con cariño, fui atendido en la casa de uno de los organizadores y asistí a reuniones con puros guatemaltecos, con sorpresas como la del dueño de un restaurante a quien había conocido de patojo en la Antigua, sus papás vivían a dos cuadras de mi casa, fue grato porque le iba bien, pero cómo extrañaba. Yo les llevaba los sonidos del mundo que ellos habían dejado atrás, sus historias repetidas y las novedades. Uno de los organizadores del evento me invitó a comer en el mejor restaurante de Chicago, y yo muy entusiasmado me preparé mentalmente, pero salimos del centro hacia la periferia y fuimos a estacionarnos debajo de un puente, frente a la única champa de lámina de los alrededores, en cuyo interior solo se hablaba en español y las mesas estaban distribuidas por colores para las maras en un ambiente neutral, donde no discriminaba. Era una cevichería como las que se ven en los puestos de descanso de los camiones en las inmediaciones de Escuintla. Él quería compartir su lugar memorable en medio de esa otra realidad.

Una noche participé como jurado en la elección de la reina de la comunidad. Todos hablaban español, y la decoración era festiva, de feria amable y familiar. La interpretación de Luna de Xelajú hizo que la generalidad guardara silencio y contuvieran las lágrimas. Luego vinieron las baladas de los setenta del siglo pasado, de cantantes argentinos y chilenos. Quise salir a tomar aire a la calle con el vaso de bebida en la mano, y me detuvieron, porque afuera no se podía. En la calle ya era otro mundo. Todos vivían bien, con buenos negocios, edificios, lindas casas, pero extrañaban su tierra, todo lo que habían dejado, y se sentían nostálgicos compartiendo.

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Author: Maria Suarez