Desde lo más profundo de la Selva Lacandona, el subcomandante Galeano del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, junto con el subcomandante Moisés, denuncian con claridad que “distintos gobiernos se han alineado a uno u otro bando (de la invasión rusa a Ucrania), haciéndolo por cálculos económicos. No hay ninguna valoración humanista en ellos. Para estos gobiernos y sus ‘ideólogos’ hay intervenciones-invasiones-destrucciones buenas y hay malas. Las buenas son las que realizan sus afines, y las malas las que perpetran sus contrarios. El aplauso al criminal argumento de Putin para justificar la invasión militar de Ucrania se convertirá en lamento cuando, con las mismas palabras, se justifique la invasión a otros pueblos cuyos procesos no sean del agrado del gran capital”. Muchos izquierdistas carecen de esta claridad porque prefieren callar las injusticias que sufre el pueblo ucraniano, pues ven en Rusia a la URSS y en Putin un héroe revolucionario contra el Imperialismo yanqui. Igual que sus pares de izquierda, algunos derechistas también admiran a Putin, calladamente, porque creen que lucha contra un enemigo común. Ambos grupos actúan por su propia conveniencia e intereses, pues si fueran fieles a sus principios deberían rechazar la opresión venga de donde venga. Satisfacer las pasiones de un tirano alejado de la realidad no justifica la destrucción de la soberanía popular y de la vida, la propiedad y la libertad ucranianas.
Las palabras de otro Galeano, el escritor uruguayo, en relación con los crímenes que ocurrían en El Salvador y Guatemala a inicios de los 80 vienen como anillo al dedo a lo que Putin hace en Ucrania y a la respuesta del mundo “civilizado” a esto. A quienes defienden las acciones de Putin abiertamente o mediante un silencio permisivo, o quienes pudiendo hacer más se conforman con denunciar, Galeano les reclamaría que actúan como si los ucranianos fueran “muertos de segunda categoría, víctimas de los programas de reajuste de tuercas del Imperialismo ruso en un país de segunda categoría”. Muertes que pertenecen al “orden natural de las cosas, muertes normales que no merecen más que una macabra fotografía o algún artículo sobre el pintoresquismo del horror”. En la organización desigual del mundo hay quien es digno de solidaridad —los países de la OTAN, en el caso europeo, y los pueblos de Donetsk y Lugansk, en el caso de los rusos— y quien es digno, a lo sumo, de caridad o lástima —el pueblo ucraniano—. Igual que los zapatistas, “sin dobleces, gritamos y exigimos: Fuera el Ejército Ruso de Ucrania. Hay que parar ya la guerra. Si se mantiene y, como es de prever, escala, entonces tal vez no habrá quien dé cuenta del paisaje después de la batalla”.