Después de un poco más de cuatro años en la prisión de La Rotunda mi padre recobró la libertad física, pero la cárcel también había marcado huella en su espíritu y tuvo que ser asistido en su psique por un sobrino suyo, Oscar Loynaz Páez-Pumar, que según relatos que llegaron a mí mucho tiempo después, fue quien introdujo esa cátedra en la UCV.