En esta irredenta ciudad, de bendita y maldita historia, existieron las refresquerías, con una diversidad de frescos guatemaltecos: Parece ser una particularidad de la pacata urbe: Fresco de súchiles, de chian, horchatas, rosa de Jamaica, agua de canela, fresco de tamarindo, etc. Un ciudadano brasileño alguna vez me preguntó cómo se tomaban el trago nuestros antepasados. Yo supuse que era trago puro, aguardiente o ron mezclado con bebidas de cola. Me recordó que aparecieron las “colas”, en Latinoamérica, en torno a los años treinta del siglo pasado. No, me dijo, le pregunto de mucho tiempo antes. Después me recordé que mi abuelo decía: “Me eché un tamarindazo”. La industria licorera recientemente ha comenzado a comerciar un aguardiente con rosa de Jamaica, artículo de consumo interno y de exportación, dado el número creciente de guatemaltecos que han emigrado. Es uno de los productos o mercancías llamados “nostálgicos” en el mercadeo de nuestros días. Ante el éxito anterior, hace meses se lanzó al mercado, por parte de esta misma industria, otro aguardiente con sabor de tamarindo. Vamos a ver los resultados mercadológicos en poco tiempo. Se tardaron muchos años en industrializar los productos de las refresquerías. Cuando alguien era mal hablado, que usaba frecuentemente “malas palabras”, se decía: ¡Ese tiene boca de carretero!; haciendo referencia a los viejos transportistas de la Colonia o de los siglos XIX y XX. La sabiduría popular de las “viejitas” aconsejando a las jóvenes casaderas: “A los hombres, por el pico y por el mico”. La casa de El Botellón era una casa de habitación que tenía dentro de su terreno una gran botella, que era anuncio de la cerveza Gallo, quedaba en lo que hoy sería el lindero entre las zonas 1 y 3, muy cerca del viaducto y del hoy mercado de El Amate. El Botellón aparece inclusive en una de las novelas de Miguel Ángel Asturias. Esas eran las delicias de la bendita ciudad. Pero faltaban naturalmente las malicias de la ciudad de maldita historia. El día en que fue fusilado, 2 de mayo de 1931, Eduardo Felice Luna ya no pudo ver la edición vespertina de El Imparcial, del 2 de mayo de 1931, pues fue pasado por las armas a las 9 de la mañana con 55 minutos. En el vespertino apareció un poema del bon vivant, de la naciente burguesía guatemalteca, unido por sus amores con la Locha, doña Eloísa Velásquez, y también con Olimpia Sáenz, su amiga: “Que la mano del destino cubra de amores tu cielo / Que ni una sombra de duelo se aparezca en tu camino / Y que en la jornada muerta / De esta vida que no es vida / Te encuentre el dolor dormida / Y el placer siempre despierta”. Junto a él también fueron fusilados Cayetano Asturias y Emilio Blanco por el supuesto crimen que se les imputo cometido en la persona de la señora Mercedes Estrada de Blanco y sus dos empleadas domésticas. Fue el famoso “crimen de la novena avenida”. Felice Luna expresó al anónimo reportero de El Imparcial que firmó la aceptación del crimen luego de ser amenazado, intimidado, vilipendiado y torturado en las ergástulas de la Policía Nacional, bajo el mando del coronel Herlindo Solórzano. También aseveró que Armando López de León le dio una bofetada cuando estaba preso e indefenso. La dictadura del general Jorge Ubico Castañeda tenía fobia de los que él creía vagos. Lo eran según él los señoritos y chancles de la oligarquía y burguesía nacional, que frecuentaban bares, billares y burdeles; los estudiantes “capiuseros” y naturalmente los artesanos, obreros y campesinos que no tuvieran ocupación conocida y que no estuvieran dispuestos a cumplir con la libreta de jornaleros y el boleto de vialidad. Con ese trabajo no remunerado se hicieron “los caminos de Ubico”.