Con profunda rabia un sector crítico del país observó el allanamiento y arresto de Jose Rubén Zamora, director de elPeriódico, quien en plena violación a sus derechos y los de su familia, estuvo detenido por más de 6 horas junto a menores de edad. De igual manera fueron violados los derechos de los trabajadores de elPeriódico, quienes fueron retenidos por más de 12 horas sin dejarles ingerir alimentos, agua y sin permitirles comunicarse con su familia. Zamora junto a la fiscal de la FECI Samari Gómez Díaz
—quien también fue arrestada ese día— fueron enviados a prisión provisional sin que se informen detalles de las acusaciones, usando la poca transparente excusa de que son casos “bajo reserva”.
El rol de la prensa en Guatemala es complicado. Mayoritaria e históricamente los grandes medios han sido aliados de las dictaduras y han guardado silencio mientras —por ejemplo— el conflicto armado del siglo pasado se tragaba a cientos de miles de hombres y mujeres. En la época “democrática” estos papeles se reconfiguraron levemente para permitir en algunos medios a nuevas voces y fomentaron un periodismo investigativo y crítico. No obstante, hasta el momento, con excepción de elPeriódico, han sido los medios no tradicionales los que han realizado investigaciones incómodas dado que no se deben a los financistas ni a las familias tradicionales que dirigen los medios hegemónicos. Dejando claro que en Guatemala la prensa y los medios tienden a estar atados al poder de las élites.
Ante los eventos recientes, el análisis debe ir más allá de una trillada y simplista comparación con Nicaragua. Repetir que Guatemala está próxima a convertirse en otra Nicaragua no aborda el problema de que Guatemala no necesita convertirse en algo porque ya es una terrible versión de un país fundido en el caos por la avaricia de sus élites. Además, su pasado reciente provee el mejor precedente. La historia de Guatemala está marcada por suficientes dictaduras y gobiernos militares que utilizaron desapariciones, secuestros, masacres y asesinatos para infundir miedo y callar voces disidentes. Por eso, el momento actual requiere entender la manera en que las distintas élites ven y han reconfigurado su poder y sus privilegios, y con ello entender a quiénes asumen como sus enemigos.
En el momento actual, la violencia no es la única arma, como lo fue en las décadas del conflicto armado, a partir del 2015, luego del “susto” que la CICIG hizo pasar a las élites políticas y económicas, estas cerraron filas para poner a los tres poderes del Estado a su servicio total. Los pocos espacios no cooptados fueron retomados, y es así como hoy la Fiscalía contra la Impunidad en vez de perseguir corruptos recibe órdenes de ellos y hace el trabajo sucio de criminalizar para infundir miedo y callar. Hoy los déspotas sentados en la silla presidencial, las cortes, los fiscales, jueces y el Ministerio Público junto a organizaciones de extrema derecha son los lacayos de las élites de Guatemala, quienes en su afán de aferrarse a sus privilegios y a su versión feudal de lo que un país debe de ser, llevan cada día más a esta nación al abismo.