Desde la cátedra universitaria comparto con los jóvenes mis vivencias durante mi niñez y adolescencia, que fueron marcadas por las adversidades y sufrimientos causados por el enfrentamiento armado interno, protagonizado por facciones extremistas intransigentes, cuyo saldo fue la desgarradora muerte de 200 mil guatemaltecos, cientos de miles de desplazados, decenas de miles de lisiados de guerra y una destrucción material inconmensurable.
A temprana edad presencié los cateos perpetrados en la casa de mis padres, que siempre daban pie a que los esbirros se robaran pertenencias de la familia. Asimismo, sufrí la ausencia de mi padre, Mario Fuentes Pieruccini, en nuestro hogar, a raíz de la persecución política desatada en su contra como consecuencia de su militancia político partidista. Vivió a salto de mata, por largos periodos de tiempo, para no ser encarcelado, torturado o exiliado durante los regímenes liberacionista e ydigorista (1954-63).
Mi adolescencia transcurrió en medio de la intolerancia y el odio. Fuimos una generación del silencio, de la conciencia enclaustrada, del miedo a expresarse, del temor a la delación. Nuestra inmadurez e idealismo no eran obstáculo para que fuéramos reprimidos, conducidos por la fuerza y confinados. Caer en manos de la insurgencia o de la contrainsurgencia representaba un riesgo mortal.
Desde niño tuve la vocación de externar mi conciencia, de expresar mis ideas, de opinar. El debate era lo mío. Por supuesto, para opinar uno debe prepararse, leer y estudiar, informarse.
Para mi generación la apertura política, ocurrida a mediados de los 80, fue un gran despertar, aunque, como a todos nos consta, los políticos que tomaron la estafeta de la democracia han dejado muchísimo que desear durante las últimas cuatro décadas. Me incorporé a la cátedra universitaria y me afané en publicar mis opiniones a través de la prensa independiente, de la cual he formado parte con devoción.
Sostengo que la libertad de expresión de ideas es generadora de la autocrítica, que es la aptitud para hacer crítica de uno mismo y del propio accionar, lo que supone la posibilidad de examinar, juzgar, reflexionar, analizar, evaluar y replantear en torno a los propios proyectos, esfuerzos y resultados. Sin duda, la autocrítica asegura la renovación y el cambio de actitud. A la democracia le es inherente la libertad de pensamiento y expresión; y, por ende, la autocrítica.
Una democracia podrá padecer inestabilidades, por falta de respuestas prontas y adecuadas, desorientación y desviaciones coyunturales, ineficacia institucional o desajustes sociales, políticos y económicos; no obstante, la experiencia histórica dicta que la democracia no sucumbe en tanto cuente con la reserva moral de la libertad de expresión de ideas, que da pie a la autocrítica.
Los regímenes despóticos, por el contrario, carecen de la retroalimentación que les provea la energía vital para renovarse o, en su caso, para reinventarse a sí mismos, porque caen en la tentación de restringir la libertad de expresión de ideas. Luego, los regímenes con vocación abusadora y opresora siempre envejecen e, inexorablemente, se derrumban sin trascender. Miguel de Unamuno, ante los gritos de su adversario en la palestra “¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!”, expresó: “¡Venceréis, pero no convenceréis! Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho (…)”.
Inequívocamente, una genuina democracia alienta la reflexión, la opinión, el pensamiento crítico, el diálogo, la investigación, el debate, la transparencia y la verdad. Esto garantiza y facilita una permanente catarsis, que es la clave para la sostenibilidad democrática.