La última columna del escritor español Juan José Millás en el diario ‘El País’, intitulada ‘No había medusas’, me ha hecho revalorar los abismos que nos separan de lo que sucede en la antigua y ordenada Europa, en contraste con lo que pasa en la joven y caótica América. Millás hace un recorrido de todas aquellas situaciones cotidianas que en el viejo continente se habían vuelto absolutamente previsibles porque forman o formaban parte de las llamadas sociedades del bienestar que fueron desarrollándose en los países europeos, gracias a la eficaz administración de un capitalismo, si puede llamarse –y dicho de forma eufemística–, “racional”.
Dice Millás: “Dábamos por seguros el gas, el agua, la electricidad (…), contábamos con el advenimiento de las Navidades y de la Semana Santa (…), obtendríamos un préstamo hipotecario (…), devendríamos abuelos. Dábamos por supuesto la sintaxis, la gramática, el orden alfabético, la sanidad pública, la educación gratuita, el asfaltado de las calles (…), teníamos por delante todo el futuro que ahora tenemos detrás (…). La vida estaba montada sobre un sustrato de supuestos que permitían la existencia de la filosofía, la literatura y los coloquios y mesas redondas (…). Dábamos por supuesto el cine y el teatro y la circulación de la sangre y la esfericidad de la Tierra (…). Creíamos que el mundo, al fin, empezaba a hacerse cuando en realidad empezaba a deshacerse (…). La inflación era una bestia de otras latitudes, igual que los contratos de un día o de unas horas. Y en nuestras playas no había medusas…”
Sí, medusas de esas que laceran la piel con sus minúsculos dardos cuando menos te lo esperas en las soleadas y turísticas playas mediterráneas. Sin embargo, todo ese mundo empezó a derrumbarse con la globalización salvaje, es decir, “con los primeros pantalones vaqueros de Bangladesh y los primeros relojes digitales de Japón, y las primeras empresas de trabajo temporal y la cultura de la subcontrata y de la externalización de los servicios básicos”, concluye Millás. Es decir, a los europeos les cayó en los últimos años el tortazo metafísico de la imprevisibilidad, de modo que hoy ya nada es como era, y el patrón que está tomando cada vez más consistencia es el de una creciente inestabilidad.
Entonces –se me ocurre suponer– que hoy nos dirigimos hacia una especie de ecualización entre países, con la diferencia de que nosotros por acá tenemos la ventaja psicológica de que en cuanto a desastres y a carencias de todo tipo, muy poco o casi nada nos ha caído de forma imprevista o inesperada, lo que nos da la suerte de tener la piel –o el cuero–, como quiera llamársele, algo más duro y aguantador que el de los europeos. En fin, por lo menos es un dato positivo, si se quiere.
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