El concepto de ‘maricomplejines’ no parece encajar con Vladímir Putin. Sin embargo, los ultranacionalistas rusos muy sentiditos por el atentado contra la hija de Alexander Dugin llevan tiempo reprochando que su líder, según las inmortales y rancias palabras de El Fari, es «un hombre blandengue». Desde su punto de vista sin piedad, Putin no estaría arrasando Ucrania como se merece. Y tampoco responde de forma apocalíptica cuando los invadidos se saltan toda clase de líneas rojas y se atreven a humillar a sus invasores. Quizá va siendo hora de entender que una parte fundamental de la estrategia de Vladímir Putin consiste en encapsular la invasión de Ucrania con recursos militares limitados. Para no romper el contrato social que supondría una movilización general, Putin prefiere avanzar despacio y con selectivos recursos. El peso de los combates por parte de Rusia lo están soportando minorías asiáticas, los más pobres y los habitantes de las zonas anexionadas en Ucrania. De esta manera, la gran mayoría de los rusos pueden permitirse el lujazo de participar en esta guerra mirando la televisión. La ‘operación militar especial’ de Putin es una forma de conjurar esa gran tradición de Rusia por la cual el fracaso en el campo de batalla provoca radicales cambios de régimen. Con su minimalismo, la idea es no perder el control en casa y que la invasión de Ucrania no termine por convertirse en un fulminante Vietnam o Afganistán. Y por eso los renovados pronósticos de una guerra más allá del invierno, larga pero contenida. Aún así la matemática de las bajas resulta sangrientamente tozuda, con estimaciones que apuntan a 80.000 militares rusos muertos o heridos. De hecho, el r eciente decreto del Kremlin para aumentar el número de militares en servicio activo en unos 137.000 será imposible de cumplir sin recurrir a un masivo reclutamiento o forzar un torrente de voluntarios-involuntarios. Toda una terrible paradoja porque para Putin menos es más en lo que se refiere a su no-guerra en Ucrania.