¿Y quién ejerce la ciudadanía?

Hemos lanzado por la borda —por conformistas y holgazanes— ese compromiso y esa participación que como ciudadanos nos concierne en los procesos de una sociedad supuestamente democrática; ese compromiso periódico, estricto y trascendental. La ciudadanía ha sido entregada en bandeja de plata a unos pocos, y los otros muchos nos hemos dormido en nuestros laureles esperando, eso sí, a que las cosas cambien sin el mínimo esfuerzo, sin hacer lo que tenemos que hacer: ejercer la ciudadanía aquí y ahora, ayer, hoy y mañana. 

Vamos a ello. 

Me lo dijo un político y futuro candidato con quien, a pesar de nuestras discrepancias y que le he dicho que jamás votaré por el partido que representa, estuvimos de acuerdo en esto: hemos delegado ilusamente en nuestros políticos y gobernantes toda la responsabilidad —y el poder— para ejercer la ciudadanía. Marshall señala que ser ciudadano de pleno derecho implica “desde el derecho a un mínimo bienestar y seguridad económica hasta compartir al máximo el patrimonio social y a vivir la vida de acuerdo con los estándares imperantes en la sociedad”. O sea, “tener derecho a” pero si y solo si, nos hacemos “responsables de”. Y esa segunda parte es la que hemos ignorado y delegado. 

Estamos descuidando nuestro deber de poder ejercer una ciudadanía con todas sus connotaciones —culturales, políticas, económicas y sociales— y les hemos dejado a unos pocos (que no siempre son los mejores) el deber y la responsabilidad de ser ciudadanos activos. Les hemos exigido solo a ellos trabajar para el desarrollo de la comunidad a través de la participación para mejorar la calidad de vida de todos nosotros. Y no es ni sostenible, ni justo ni lógico. 

Si bien existen actores de poder que tiene más posibilidades de llevar a cabo acciones potentes en la sociedad a nivel macro —como diputados en el Congreso o alcaldes en las municipalidades—, no por nuestra posición de “simples ciudadanos” estamos llamados a desentendernos de esas acciones potentes y delegarlas al cien por ciento. ¿Qué sentido tendrían la fiscalización o la exigencia civil entonces? ¿Para qué existirían los medios de comunicación, las organizaciones no gubernamentales o los grupos de apoyo? Bajo este pensamiento, ninguno. 

Lo que es “un deber de todos” lo hemos dejado reposar en los hombros de pocos y ante la falta de fiscalización e involucramiento activo —ese que va más allá de las redes sociales—, hemos permitido que ese deber se corrompa. La ciudadanía compete no solo a los políticos, no solo cada cuatro años en época electoral, no solo a los gobernantes de turno, no solo a los activistas, no solo a los columnistas. Nos compete a todos, ahí donde estemos, en el hogar, en el trabajo, en el ocio. Somos ciudadanos de tiempo completo y no haberlo sido —o no habernos tomado ese rol a pecho y en serio— nos ha salido muy caro. Para muestra, un botón: estamos bien encaminados a una dictadura que ha emergido gracias a la ausencia de sus ciudadanos. No tapemos el sol con un dedo: esto que somos hoy es culpa de todos nosotros también. 

El éxito de una nación consiste en la formación de ciudadanos que se enfrenten al día a día en la pluralidad de ideas, dentro de una sociedad libre y democrática en la que debe conocerse, cuestionarse y discutirse la diversidad de posturas, formas de vida, cultura y pensamientos. El éxito de una nación se mide con el mismo termómetro con el que se mide a su ciudadanía. La pregunta es, ¿quién la ejerce, por qué y bajo qué estándares la estamos midiendo? 

@godoyesjd

Clique aqui para el articulo completeo

Author: Maria Suarez