Adiós a Jean-Luc Godard

Digamos que Godard era para nosotros las películas raras que veíamos en el cine-club de la Alianza Francesa los viernes por la noche, en aquella aletargada y provinciana Antigua Guatemala de los años setenta del siglo pasado. Lo descubrimos tarde, como todo lo que descubríamos: Coltrane, Ionesco, Tzara, Fellini… la mayoría de nuestros monstruos sagrados de la época, gente que, a decir verdad, no había escrito ni filmado ni tocado para nosotros, pero era como robarse un pedazo de pastel en una fiesta a la que entrábamos de colados.

Godard cuenta en una entrevista que leyendo un libro de Jean-Paul Sartre, particularmente difícil, se encontró con la expresión “la síntesis viscosa”. No entendió nada, pero tuvo la sensación de comprenderlo todo, así que retuvo lo leído “como un niño de dos años que retiene ciertos ruidos o palabras” a los que no les encuentra significado. Un poco así navegábamos nosotros. Habituados a un cine de narración aristotélica, las películas de Godard podían parecernos extrañas y hasta incoherentes, pero se nos grababan en la cabeza imágenes, voces, gestos, músicas, rostros como el de Jean Paul Belmondo en ‘A bout du souffle’, que antes de morir sobre el pavimento de una calle cualquiera, mira a los ojos a Jean Seberg y le dice: “C’est vraiment dégueulasse”: es en verdad asqueroso ¿Qué? ¿La muerte? ¿La vida? ¿La realidad? ¿Terminar así en medio de una mañana radiante? No los sabemos, pero lo intuimos, lo sentimos, lo comprendemos, nos atormenta en la memoria para siempre.

Encontrarse con Godard no era fácil, sobre todo antes de la era del video o del DVD. Sus películas no se distribuían comercialmente por estos lares. A la Alianza Francesa llegaban, cuando los habituales al cine-club teníamos suerte, en copias de 16mm y mi recordado Michel Renaud hacía de su proyección un apostolado. Creía en el cine francés y estaba seguro de que esas películas extrañas guardaban para nosotros infinidad de placeres y de saberes. Lo recuerdo porque a él le debo mi fascinación por ‘Pierrot el loco’, ‘El desprecio’, ‘Vivir su vida’, ‘Alphaville’, cintas a las que nos acercábamos como a grandes revelaciones.

¿Por qué nos apasionaban tanto esas películas raras? Quizá porque nos aliviaban el aburrimiento (“Estoy harto, estoy cansado, quiero dormir”, declara también Belmondo, entre existencialista y proto-punk, en ‘A bout du Souffle’), porque nos salvaban la vida en una ciudad gris en donde comenzaba a respirarse la guerra. Nos remitían a historias que nos hubiera encantado hacer propias para sentir que habitábamos el mundo.

Godard era un ser como de otro planeta, de esos que viven y piensan por encima de las miserias que nos aquejan a los mortales. Pero no tanto. Años más tarde, leyendo ‘Un año ajetreado’ de Michel Hazanavicius, nieta de François Mauriac y segunda esposa de Godard, me di cuenta de que estaba tan confundido como nosotros y que era capaz hasta de intentar suicidarse, no por el sin sentido de la vida, sino por una decepción amorosa. La diferencia, por supuesto, es que él tenía la capacidad de convertir su confusión y sus inconsecuencias en obras maestras.

Godard murió hace una semana, por un suicidio asistido, a los 91 años. Ya no le gustaba ese mundo cuyas contradicciones él había retratado con tanta fuerza. Ya no le gustaba el cine, o más bien en lo que lo han convertido. Estaba “harto, cansado, somnoliento” y ya no le quedaban fuerzas para seguir peleando a contra corriente. Eso sí, resistió por nosotros hasta el último aliento


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Author: Maria Suarez