El futuro nos tomó por sorpresa. Desprevenidos. Y la revolución digital o tercera revolución llegó para cambiar el mundo sin retorno. No olvidemos que con ella cambiaron los dos pilares sobre los cuales recostamos la realidad: el tiempo y el espacio. El tiempo ahora es digital, viaja a velocidad luz, ya no es aquel biológico y humano que entendíamos para medir la duración y separación de acontecimientos; y el espacio ahora traspasa al físico presencial para entrar en el ciberespacio. Estos factores hacen que el mundo, sus instituciones y creencias se diluyan y pulvericen: sociedad líquida, modernidad líquida, amor líquido (Bauman).
El impacto de las nuevas tecnologías y sus efectos se libra mucho mejor con educación certera y pertinente. Una que proporcione juicio crítico para analizar y escoger esa información que llueve a granel. El acceso a la información (muchas veces desinformación) sin educación pone constantemente en peligro la “democracia”. Y también la paz. ¿Por qué nuevamente la educación?, porque es más que datos y más que conocimiento. Hablo de libertad. Es capacitarnos con el fin de dirigir nuestras vidas con sentido propio, con análisis, con responsabilidad. Ver a niños de 10 años con un celular en la mano nos obliga a invertir en una formación que les permita manejar la información que llueve sobre sus manos.
Estas nuevas tecnologías son herramientas magníficas, claro, pero también pueden distorsionar la realidad. Corremos el riesgo de confundir el fin con el medio. Y recordemos que quien controla el medio, controla el contenido que incide a su vez en la construcción de la narrativa, del imaginario colectivo, que edifica los valores y principios de una nueva cultura. Y esto determina el comportamiento social.
Lo cierto es que todos nos hemos vuelto comunicadores sin tener la dimensión de hasta dónde podemos llegar.
Y la mejor idea está en jamás promover odio, racismo, xenofobia, machismo, fundamentalismo.
Tristemente el odio también atrapa a la gente. Envenena a la sociedad, fortalece la cultura del morbo y de la violencia.
Otro desafío es proteger el derecho a la privacidad de los datos personales que se los apropian las grandes plataformas para ser usados por el infeliz antojo de la manipulación.
Implementar principios rectores para la buena gobernanza en el uso de los medios digitales es vital; cerrar la brecha de exclusión (lo más importante de todo esto); insistir en la ciberética, para contrarrestar a los llamados netcenters encargados de distorsionar la información y cargar las redes de discursos nefastos; combatir las fake news, más ahora en temporada electoral. Y claro, el desafío de tratar la adicción que es ya un tema relevante. O sea, impedir el riesgo de vivir en la “sociedad del espectáculo”, donde confundamos lo verosímil con lo verdadero. (Me impresionó mucho saber que existen centros, para niños y jóvenes, de desintoxicación de pantallas.)
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.