Remco Evenepoel se mira la mano, se tienta el muslo arañado y se ausculta la rodilla rasgada, solemne y autoritario en la cima de Peñas Blancas, el bosque quemado a sus pies y la Vuelta amordazada por su hegemonía. Ha caído hace una hora en la circunvalación de Marbella, pero no suelta un lamento, ni flaquea en el puerto largo, otra prueba de solvencia que supera el joven prodigio belga al mando del grupo de notables, a los que no permite apretarle en la meta. Allí espera Richard Carapaz desde hace un rato. El ecuatoriano ha soltado la rabia, un ciclista que siempre se expresa desde el coraje, y ha construido una victoria extraordinaria en el balcón de Estepona, ahora que está despedido de la pelea por la general.