El viernes pasado, decidí pernoctar en Antigua Guatemala. El plan era salir de la capital a las 4 p. m., con suficiente tiempo para llegar a cenar a Santo Espíritu (restaurante en la Ciudad Colonial en donde tenía una reservación para las 7 p. m.). El punto de partida sería en la zona 9, a un par de cuadras de la avenida Reforma, la 11 calle para ser exactos. Antigua, sin duda alguna, es el atractivo turístico más importante del país y queda a escasos 34 kilómetros de la ciudad capital. Esta es una ciudad mágica que ofrece una amplia gama de opciones hoteleras para todos los gustos y presupuestos; desde hostales para mochileros hasta hoteles boutique que satisfacen los gustos más sofisticados. La oferta gastronómica es amplia, vibrante y dinámica; hoy, cuna de algunos de los mejores chefs del país. Su historia, arquitectura, cultura, entre otros tantos atractivos, permitió que fuese declarada Patrimonio de la Humanidad por la Organización de la Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Sin duda, una joya no solo para los guatemaltecos como yo sino para todos aquellos que visitan el país.
Regresemos al viernes a las 16 horas en la zona 9 de la ciudad capital. Una típica tormenta de invierno del mes de septiembre se hacía presente. A un cuarto para las cuatro, decidí emprender el viaje, no sin antes revisar Waze para ir por la ruta más expedita y tener idea del tiempo que me tomaría llegar al destino. Me llevé una sorpresa con el cálculo de la aplicación: indicaba que la mejor ruta a esa hora tomaría tres horas. Waze presenta diferentes opciones de rutas, calcula los tiempos y, a la vez, calcula el tiempo según las diferentes horas para que uno elija la mejor opción. Tres horas era la mejor, pues, si esperaba para salir en un horario más tarde, el tiempo se incrementaba hasta alcanzar cerca de las cinco horas en hora pico, que ahora parece prolongarse todo el día. Desde que tengo uso de razón, la ruta Panamericana era el camino para La Antigua. Menos de cuarenta kilómetros en menos de una hora. Hoy, ir a La Antigua resulta un recorrido —por las falencias de las administraciones municipales—, a través de sectores olvidados, callejones convertidos en accesos a arterias principales, deficientes pasos a desnivel e improvisados carriles reversibles que hacen aún más caóticos los bulevares y las avenidas, que se convierten en enormes parqueos en las horas pico. En el trayecto de la 11 calle de la zona 9 al monumento de Tecún Umán en el boulevard Liberación, se fueron los primeros 60 minutos del viaje. No más de 15 cuadras ¡en una hora!, compartiendo con los demás conductores la frustración, el estrés, la colectiva intolerancia que nos lleva a actuar de manera violenta y por último, la inevitable resignación que nos obliga a vivir en condiciones invivibles.
El boulevard Liberación era un estacionamiento, y Waze recalculó la ruta y me desvió por La Reformita. El cambio de carril para encaminarme hacia la nueva ruta, tomó cerca de media hora. De Tecún Umán a la Atanasio Tzul el tránsito se despejó, hasta llegar al laberinto de calles en la colonia La Reformita. Cerca de una hora di vueltas por estas vías sin semáforos y mucho menos policías de tránsito, hasta que llegué al paso a desnivel que me conectaría con la calzada Aguilar Batres —estaba inundado y WAZE volvió a recalcular—. Por rutas improvisadas por las autoridades municipales de tránsito alcancé el otro lado de la Aguilar Batres, donde la colonia Mariscal me llevaría a Ciudad San Cristóbal. Para entonces ya habían transcurrido 2 horas con 45 minutos, y, según Waze, aún quedaba 1 hora de camino por recorrer. San Cristóbal fue menos caótico, pero la sobrepoblación y la desmesurada construcción en el sector son una bomba de tiempo que está a punto de explotar. Por fin arribé a mi destino, ¡luego de casi cuatro horas de viaje! Al llegar al restaurante, se encontraba vacío. Según el mesero, las cancelaciones de reservas de esa noche habían sido muchas, sin duda, por quienes como yo habían decidido pasar una velada en esta bella ciudad. El sábado, la ruta Panamericana quedó obstruida por otro derrumbe a gran escala, que paralizó el tránsito hacia el occidente del país y a quienes, como yo, regresaban a la ciudad capital. El retorno fue otra excursión por rutas desconocidas, abandonadas, descuidadas y peligrosas. A mi regreso no pude dejar de pensar que para mí este era un día de paseo, mientras que muchos guatemaltecos viven esta pesadilla a diario. Al ver la publicidad de la nueva marca de país en estas mismas calles, no pude evitar el pensamiento: son unos “hijos de mil padres”.