El otoño empieza a dejarse notar acompañado por el coste multiplicado de una guerra en Ucrania sin final a la vista. Una ofensiva en la que casi todo es susceptible de ser utilizado como arma de agresión: el grano, el gas, la información, la mayor central nuclear de Europa y hasta unas elecciones como las convocadas en Italia para el 25 de septiembre. Todos estos frentes abiertos, con su sobredosis de incertidumbres, coinciden con una fase crítica en la agresión iniciada hace seis meses por el empeño de Vladimir Putin en que Rusia no se comporte como una nación westfaliana sino como un impero fallido en constante búsqueda de revancha. A nadie se le oculta que este invierno va a ser muy duro, tanto para los ucranianos como para todos aquellos que no se resignan a la catástrofe que supondría un triunfo de Moscú. Las intenciones de Putin resultan evidentes pese a que sus «bizcochitos» en Occidente no se aburran de justificar lo injustificable. El plan no es otro que arramplar con todo el territorio ucraniano posible y forzar a que los aliados impongan condiciones inaceptables al gobierno de Kiev. Se trata de transformar la guerra de Putin en la guerra de Zelensky. Y a cambio, salvar al resto del mundo de la bancarrota, el hambre, el frío y la amenaza de un apocalipsis nuclear. Si Europa es incapaz de mantener su unidad ante la crisis energética forzada por el Kremlin tampoco podrá seguir respaldando a Ucrania en la primera guerra interestatal de los tiempos modernos en la que está en juego tanto la supervivencia de un Estado como la de toda una nación. Pero es que además, cuando los aliados occidentales ayudan a Ucrania, no están defendiendo un principio abstracto sino un interés fundamental: nuestra propia seguridad. Rendirse ahora es abrir las puertas a la permanente agresión de Rusia. La percepción de éxito hará a Putin mucho más beligerante y todavía más peligroso. Por eso, la mejor manera de evitar la próxima guerra es derrotarle en ésta.