De reyes y leyendas

Es sabido que mi rechazo a títulos de nobleza, cultos de la personalidad y leyendas diversas que fabrican superhéroes inmarcesibles para suplir nuestras carencias a través de personajes que en realidad se pedorrean como todo el mundo, tienen almorranas y sufren en soledad, forma parte de mis costumbres más entrañables.

Sobre todo, ante aquellos héroes que pretenden simbolizar las virtudes e identidades de un grupo o de una nación, ya que, aunque haya razones para admirarlos, a menudo la estulticia popular los transforma en euforizantes opiáceos. Y como el mundo está hoy muy conmovido por la muerte de la reina Isabel de Inglaterra, aprovecho la circunstancia para hacer un comentario sobre la tendencia humana a construir modelos que, con frecuencia, sirven más para ocultar las realidades que para revelarlas.

El concepto de monarquía es un concepto-fósil que, curiosamente, constituye todavía una realidad en muchos países, países en los que el rey o la reina, por decisión intangible de dios o de los dioses, y no por el voto popular, es el depositario de la capacidad de unificar y administrar la vida y recursos de los habitantes de las comunidades bajo su poder. Se supone que deberían ser personas ejemplares, con dotes especiales de generosidad y de sabiduría, pero en la realidad, históricamente, ha sucedido lo contrario: intrigas, envidias, luchas de poder, guerras, corrupción, dolor y lágrimas han constituido el pan de cada día de muchas monarquías. Mi opinión es que se trata de una institución-fósil que conforme las democracias evolucionen, tenderá a volverse cada vez más insignificante o desaparecerá. 

Por otro lado, descubrí que en el reino de España viene desarrollándose desde hace algunos años una campaña de desmitificación de la leyenda del Cid Campeador, quizás el más grande héroe nacional, ensalzado por la literatura y la cinematografía, alabado y publicitado durante la guerra civil española e incluso hoy, por políticos de derecha. Diversos historiadores han concluido que Don Rodrigo Díaz de Vivar, alias el Cid –aférrense ustedes a la silla– fue un traidor, un mercenario que empuñó su espada en función de su propio interés. Antonio Ballesteros y otros historiadores, lo definen así: “Un violador de iglesias, cruel, perjuro, mercenario del siglo XI, a las órdenes de diferentes caudillos, tanto cristianos como musulmanes, ansioso de gloria y de botín, que ni combatió por la unidad de España, ni realizó ninguna cruzada”. Se queda uno perplejo, ¿verdad? Pues creo que es una sana lección de honestidad, que nos invita a ser más precavidos y humildes en cuanto a las creencias que consideramos pétreas e inamovibles.   

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Author: Maria Suarez