Nunca como ahora las instituciones y normas de la democracia fueron tan quebrantadas. Las elecciones generales de 2023 pueden ser el punto de inflexión, sea para la integración de organismos representativos no legítimos.
–consumando el asalto criminal del Estado–, sea para iniciar la recuperación de los rieles de la democracia.
Se entreven al menos dos escenarios. El primero y más riesgoso es que la captura de todas las instituciones de contrapeso del Estado corone unas elecciones restrictivas, esto es, la eliminación arbitraria del proceso electoral de quienes sean considerados enemigos o amenaza al Pacto: otra aproximación al régimen de Ortega. En este escenario cabe también el fraude electoral si las restricciones dejan cabos sueltos.
En un cuadro de elecciones restrictivas operan cuatro filtros institucionales: 1. La Contraloría, decidiendo qué candidatos no certifican; 2. El Tribunal Electoral que levanta o baja el pulgar de inscripciones o cancelaciones, según las órdenes de Giammattei; 3. El MP, como instrumento de persecución política, y 4. Las Cortes, que despojan o afirman a conveniencia los derechos civiles y políticos, y, en particular, la CC, inapelable, aun en los asuntos que no son de su competencia.
Los impactos de este escenario son catastróficos. Al eclipsarse la esperanza del pueblo, de inmediato se catapulta la migración irregular, como en Honduras en 2017 y Nicaragua ahora. En la significativa relocalización de inversiones de EE. UU., se descartará Guatemala. El canal de la violencia política queda otra vez restaurado. Y el aislamiento internacional acelera sanciones comerciales y financieras, a la vez que se endurecen los controles de seguridad: no habrá margen de espera para que se consolide la dictadura corporativa.
En el segundo escenario una masa crítica democrática interna y acciones internacionales preventivas, contienen las elecciones restrictivas y le salen el paso al fraude, como fue en Honduras en 2021. Los comicios se celebran con la participación de la mayoría de los partidos y candidatos. La democracia no se descarrila, pero la polarización ideológica se arrecia hasta el punto de inmovilizar el sistema político.
Una condición que forja el escenario de elecciones legítimas es el tejido de una alianza de amplio espectro político, social e ideológico bajo la consigna de “no a la dictadura” y en defensa de la democracia. Otra premisa es que las potencias democráticas se reposicionan en el paisaje local respirándole en la nuca al Pacto hasta encallejonarlo. En este contexto, resultará clave el rol de los empresarios y la conformación de una masa crítica en las clases medias urbanas, incluyendo jóvenes universitarios.
El escenario será más complejo porque se integrarán dos factores que llegan para quedarse: los sujetos de las identidades y el debate para recuperar políticas universales que mitiguen la desigualdad social, fuente de la verdadera polarización estructural.