El señor de los candados

El Centro tenía otra gracia en aquellos días cuando las casas formaban vecindarios habitados por familias y mascotas.  Era divertido, con sus sonidos, personajes y rituales habituales. Llegaba el lechero con su carretela jalada por caballos; el Canche lanzaba la basura de la casa sobre gran  plástico grueso que extendía sobre el adoquín de piedra del segundo patio a donde iban a caer los despojos de la casa; el silbato mañanero de la fábrica de Gerona era infalible a las ocho, a las doce y a las seis en punto de la tarde, cuando el revuelo de los zanates buscando un nido inundaban el Parque de la Concordia.  El tren pitaba mañana y tarde a su paso por el puente de la Penitenciaría y los voceadores del periódico peinaban las calles y avenidas tratando de vender la encomienda, anunciando a grito pelado la noticia del momento. Estaba don Paco, el vendedor de naranjas y frutas, llamado  eldelojito porque era tuerto y para mi asombro infantil calzaba caites de hule de llanta. A la vecindad llegaba don Lencho, vendedor de animales de caza: palomas, tepescuintles, tortugas, ranas e iguanas con sus respectivos huevos, los que la tía Conchita convertía a su saber y entendimiento en suculentos banquetes para chuparse los dedos. En la esquina estaba doña Chon que vendía mangos verdes y naranjas con pepitoria, y en sus lugares los chicleros, instituciones de barrio que suplían de caramelos, chocolates y dulces a la muchachada del vecindario. “¿Me regala diez len para ir donde el chiclero?” era mi cantaleta diaria ante mi madre, quien para que la dejara de molestar sacaba de su bolso diez centavos, verdadera fortuna en aquel entonces, cuando con aquello se podía comprar una bolsita de Tor-Trix y un chocolate Lorenesi.  

El personaje que más me llamaba la atención de aquel entonces era el señor de los candados. De complexión robusta, pelo enmarañado y barba, vestía siempre un overol gris desteñido. Su aspecto no dejaba de darme  miedo. Era silencioso y no volteaba a ver a nadie pues se limitaba hacer su labor con habilidad y disciplina. Pasadas las siete de  la noche, cuando las luces del Centro se iban apagando, llegaba con su barra de metal con ganzúa y gancho a bajar con fuerza la cortina de metal de la vitrina. Un estruendo sonoro, la gran alharaca del metal somatándose en el piso, y finalizaba la tarea colocando dos candados que sacaba del gran morral colgado del hombro. Su tarea era muy importante, ya que  se encargaba de bajar y subir  las cortinas de metal de todas la tiendas, marcando el comienzo y el término del día, esa rutina de nunca acabar.

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Author: Maria Suarez