La toma de las instalaciones de la Usac muestra cada vez más su importancia para el futuro político del país. Su sentido debe valorarse en tal horizonte, en el cual se avizoran transformaciones ineludibles al nivel social, político, económico y ambiental. Por el momento, el movimiento universitario ha detenido el desfile indignante del Pacto de Corruptos que se creía invencible. Y este es un hecho que debe darse a conocer a los cuatro vientos.
Los estudiantes, como lo dijera en luminosa frase Ortega y Gasset, se deben colocar a la altura de los tiempos. La inquietud que provoca el curso anómalo de la vida política del país se proyecta al futuro: sin un sistema que se organice con vistas al bien común, simplemente el mañana digno desaparece. En ese sentido, las transformaciones sociales han salido casi siempre de las nuevas generaciones. Debemos pensar incluso en los que ahora no existen, porque existirán, y también necesitarán comer, beber y educarse.
Los estudiantes muestran la inviabilidad del autoritarismo que siempre ha sido la alergia del que ama el conocimiento y la libertad. En Guatemala, los desastres son cada vez más agobiantes. Cuando hablo con un connacional oigo la angustia del costo de la vida que se dispara; otros me hablan de la incertidumbre de los derrumbes, de los agujeros que surgen por doquier. Muchos viven rogando no caer enfermos porque los hospitales no garantizan la vida. Una gran cantidad de conciudadanos no olvidan el exilio de tantos buenos ciudadanos y no ignoran las vejaciones que se le infligen a Jose Rubén Zamora.
Así, la velocidad de las maniobras de estos forajidos es superada por la aceleración de los problemas que ahora enfrenta la sociedad local y mundial. Pero en otros países, me consta, se buscan soluciones; en Guatemala, todo es ocasión para sinvergüenzadas. Se puede ver que hasta la crisis ambiental se convierte ahora en una oportunidad de seguir acrecentando el botín político de estas pirañas. Estas estupideces, estimados lectoras y lectores, se pagarán con creces. No habrá poder que libre a estos de pagar sus fechorías. Y los estudiantes nos muestran el camino: hay que resistir con dignidad. Después arreglaremos las cuentas.
Ante la incapacidad de romper la resistencia universitaria, se puede esperar un recrudecimiento de las medidas que se tomarán para interrumpir la toma estudiantil de nuestra casa de estudios. Es lamentable que el nuevo Procurador de Derechos Humanos llame a un diálogo cuando el problema se resuelve con la renuncia del usurpador. La resistencia debe fortalecerse y esa es una tarea que le corresponde a cada guatemalteco consciente.
Siempre se da el caso de los que no piensan más que en sus intereses inmediatos. Este tipo de personas abunda en la Usac. Destaca el caso del decano Pablo Oliva, remedo de rector interino, quien ha acudido a los tribunales —cooptados por el sistema de corrupción— para causarles problemas a los que, con toda legitimidad, cuestionan sus acciones deleznables.
Las maniobras indignas abundan. El poder de las auditorías quiere romper el poder de la solidaridad, haciendo que los profesores enfrenten sanciones “por no trabajar”. Pero esta medida es ilegítima, porque el problema fue causado por Mazariegos. Estoy seguro de que si este sujeto renunciara a sus sueños incoherentes, habría un gran entusiasmo en la Usac.
Así los estudiantes deben apoyar a sus profesores y estos a sus alumnos. Los trabajadores administrativos tienen, asimismo, tareas importantes que cumplir para desarticular las ocurrencias de Mazariegos. Se puede comprender que algunos se sientan presionados por la precariedad de su situación, pero se puede colaborar deslizando las pruebas de los delitos que se cometen en la Usac. Estas denuncias harán insostenible la ilusión rectoral de Mazariegos.