Ya lo dijimos, en el artículo anterior, el control absoluto y prolongado de los precios es el dogma de todos los partidos para combatir la inflación. Liberalizar el mercado con la gradualidad que demandan las circunstancias, porque el saldo de pobreza es demasiado alto, exige un fino sentido y habilidad política y realismo económico, pero también amerita una alta sensibilidad social. Y si bien es cierto que nos resistimos a las fórmulas cómodas y extraterrestres de los liberales, que creen que de la noche a la mañana el mercado resolverá todo, más aún se resienten quienes insisten en el Estado fijador de precios. Lo más importante es dejar constancia de una verdad irrefutable: el socialismo del siglo XXI no se explica sin la inflación y la hiperinflación, es más, Vladimir Lenin provocó en la Rusia bolchevique una pavorosa hiperinflación que le ayudó tanto como la pólvora a permanecer en el poder.