Giammattei cree tener un truco para mantener a raya las presiones y condicionamientos de Washington sobre Estado de derecho, libertades civiles y respeto de los procedimientos y normas democráticas en general. Se ofrece como policía que atormenta migrantes irregulares y se jacta que desarma sus caravanas.
De hecho, después del decepcionante encuentro de la vicepresidenta Kamala Harris con Giammattei, el único funcionario del Gabinete del presidente Biden que lo ha atendido es el secretario del Departamento de Seguridad Nacional, Alejandro Mayorkas, encargado de implementar y gestionar las políticas migratorias.
Tan seguro está Giammattei de tener la sartén por el mango que, en una visita de congresistas demócratas y republicanos, hace un par de meses, al despedirse les dijo: Díganle al presidente Biden que, si quiere que haga algo más para ayudarle con los migrantes, es muy sencillo… solo debe levantar el teléfono…
No obstante, el chantaje no podrá tener larga vida. La cooperación internacional sin presiones ni condiciones que reclama Giammattei es a cambio de que Estados Unidos vuelva la mirada mientras el Pacto desmantela la democracia y la corrupción se convierte en norma no escrita. Por supuesto que eso no va a ocurrir, a pesar de que, hasta ahora, al equipo de Biden adolece de claridad política y contundencia.
La carta de jugar a policía migratoria ya está gastada. La empleó con éxito Daniel Ortega frente a la administración Obama, mientras desplegaba y consolidaba su estrategia de autocracia en Nicaragua. Es más, Ortega desempeñó una tarea muy eficaz gestionando la ruta del narcotráfico en coordinación con la DEA, campo en el que Giammattei está inhabilitado. Pero una vez que el autócrata nicaragüense destapó su juego, salió del esquema interamericano.
Guatemala es aún el eslabón débil de la autocracia en Centroamérica. Es reversible y el proceso electoral de 2023 puede ser el punto de inflexión para empezar el camino de restauración democrática. Me temo que la comunidad internacional le va a respirar día y noche sobre la nuca a los magistrados del Tribunal Electoral, como lo hizo en Honduras para garantizar un escrutinio creíble en noviembre de 2021.
La Nicaragua de Ortega es la dictadura enraizada y con aliados importantes como China y Rusia. En El Salvador la popularidad de Bukele le pavimenta el camino a la reelección de 2024 (salvo que implosionen sus políticas estrella), a pesar de la condena internacional.
Acá no hay caudillo, el Pacto no es monolítico y la inmensa mayoría de la población lo repudia, aunque una facción radical apuesta por la autocracia. Por ahora Giammattei se mueve en la marginalidad internacional, como se vio la semana pasada. Su máxima celebración fue que el presidente Biden lo incluyó en la ceremonia de recepción a las delegaciones que asistieron a la Asamblea General de las NN. UU.