La muerte de Isabel II y toda la pompa alrededor de su predecible fallecimiento, al igual que el fasto en torno de la entronización de su heredero, su hijo Charles, ha reavivado un antiguo debate, generalmente impulsado por la izquierda radical, acerca de la supuesta inutilidad de las monarquías. Sus voceros más altisonantes se han declarado, una vez más, antimonárquicos a ultranza. Insisten en lo costosas e inútiles que resultan para los pueblos, además de constituir antiguallas o reminiscencias del pasado medieval que el mundo moderno debería superar de forma definitiva.