La cacareada revolución no fue más que un vil pote de humo que mareó con su cháchara y arremetió contra el Estado, con un entramado de corrupción ilimitada y devastadora que no solo llenó los bolsillos de sus parasitarios capitostes y secuaces, sino que también produjo un daño antropológico al tejido social. Capturaron y trastocaron las instituciones que dirimían los conflictos recurrentes entre el Estado y la sociedad. De manera criminal, vaciadas de sus fines, sirven para blindar el asalto al tesoro público, reprimir al disidente y anudar el sometimiento y control de la población. El Estado fallido generó crisis, oscuridad, sufrimiento, migración, suicidios, hambre, miseria, destrucción moral y física, productividad cero, somalización del territorio y entrega de la soberanía. Empobrecimiento acelerado, creciente desigualdad, vidas perdidas y apagadas, desesperación y frustración. Incendiaron el país, privando el chavismo sobre el interés nacional.