El Centro se ponía muy alegre el 15 de septiembre, fiesta celebrada con desfiles y bandas. Ese día, corríamos antes de las ocho de la mañana a guardar lugar en una de las banquetas de la sexta, frente al Restaurante Fu-lu-sho, en la doce calle.
La nana llevaba varias hojas grandes de papel periódico, las de El Imparcial, en las cuales se sentaba en la orilla de la acera esperando con paciencia sempiterna a que se oyera la bulla del desfile.
Nosotros, para mientras, corríamos felices de un lado al otro, viendo desde lejos, y de reojo, las hileras de brasieres y fajas en colores, blanco, negro y piel que colgaban de manera ordenada y atrevida a todo lo ancho y largo de la vitrina del Almacén Edwars. Matando el rato, observando, con la nariz pegada al vidrio de la vitrina, los sombreros, camisas, corbatas, chalecos y bastones que sostenían con aplomo y elegancia los inmóviles maniquís masculinos de la tienda de artículos de caballeros del Almacén Rosenberg.
El tiempo nunca terminaba de pasar y el aburrimiento por la espera llegaba a hartarnos cuando el reloj apuntaba las diez y pico de la mañana, y el sol se ponía más picante poniéndonos la cabeza caliente, como un horno.
Ya habíamos jugado pispisigaña, colores con su luminoso ángel de la bola de Oro y el temible diablo de los siete mil cachos; hasta jugado chiviricuarta en plena sexta avenida, y aún no se oían ni los tambores ni las trompetas que anunciaban el desfile. Nos habíamos gastado ya hasta el último centavo comprando bolsitas de papalinas fritas con grasa de camión, helados de vasito, paletas olímpicas de naranja y bolsitas de poporopos destilando margarina, y el desfile parecía como si nunca llegaría… Hasta que a lo lejos se escuchaba un grito largo y agudo, como un eco que llegaba como ola anunciando, “mucha….ááá, mucha…ááá , ya viene el desfile”.
Entonces corríamos a nuestros puestos, y nos parábamos de lado, metiendo la panza y las narices para que todos pudiéramos caber en primera fila. Al lado nuestro estaba la nana, a quien habíamos tenido que jalar para levantarla de su asiento porque se le habían entumecido las canillas.
No recuerdo quiénes iniciaban el desfile, pero de pronto la sexta retumba con tambores, redoblantes y música de banda marcial. A lo lejos se oían las orquestinas de guerra y el tin tilín tin tín de los educados xilófonos. Todos comenzábamos a aplaudir sin saber realmente por qué, por la pura emoción, poniéndosenos la piel como carne de gallina y el corazón jubiloso. Porque para nosotros la Independencia patria era el júbilo de los desfiles, los tambores y la festiva música de bandas. Valía la pena la espera.