Yo viví en Sao Paulo —SAMPA para los íntimos—, del 18 de enero de 1984 al 31 de marzo de 1989. Mis días se dividían entre el curso propedéutico que todos los estudiantes de la Maestría en Teoría Económica y de la especialidad de Economía Urbana y Regional en la Universidad de Sao Paulo (USP) teníamos que llevar, en las áreas de matemáticas y estadística. Todos éramos becados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con la intención de formar economistas urbanos y regionales. Naturalmente, empezaba a perfeccionar el portugués, que mi maestro guatemalteco Jacinto Melendreras Soto me enseñó a comienzos de los ochenta del siglo pasado. Siempre la música me acompañó, dada la preparación auditiva que me enseñaron en familia. Entre mi acervo previo, había sido un oyente de la música del Brazil, con Z, es decir, la que nos llegaba de Estados Unidos de América, especialmente de Nueva York y que difundiera con mucho éxito en Guatemala la Radio Panamericana por medio del programa El Reloj Musical, de Joe Keilhauer. Por aquellos años ya había escuchado los éxitos de la bossa nova (la nueva moda, en castellano), con el poeta Vinicius de Moraes, y de los músicos Antonio Carlos Brasileiro de Almeida Jobim y de Joao Gilberto a la cabeza. A mi padre, Juan Guillermo Velásquez Martínez, le encantaba oír O Pato. No estuve exento de oír al Brasil 66 de Sergio Méndez, desde Mais que nada y Tristeza y de esporádicos éxitos de Rita Lee, como Baila comigo y Lanza Perfume. En la casa de mis abuelos Carrera Samayoa oía a mis primos hermanos tocar “en inglés”, como decía bromeando el abuelo Santos, cuando se refería a la música que tocaba Carlos Roberto Carrera Figueredo, apodado Teque, la mayoría de temas de bossa nova y que junto a Luis Emilio de Coto Carrera —Güicho Canela— habían aprendido de las improvisadas clases de guitarra que les impartiera el mentado Enrique Neco Forno, un maestro excepcional, totalmente hoy olvidado. Naturalmente que habían fines de semana y de la mano de José Carlos Gómez dos Reis —Carlito—, de Valquiria da Silva —Val— y Elson Luciano Silva Pires —Jacaré o Caimán— asistí a mi primer concierto en Sao Paulo, a escuchar a Clementina de Jesús, una negra bahiana muy viejecita, afroamericana se diría hoy, que tenía más fuerza de juventud que muchos jóvenes de entonces y de hoy. Cantó en el Radio Club, que quedaba en la Avenida Pedroso de Moraes, en el barrio de Pinheiros, Marinheiro só, que me impresionó. Vivía en el barrio de Butanta, en la Rua Gioconda Mussolini, muy cerca del campus de la USP. Por aquellos años, los brasileiros no tenían empacho de decir negro o negra, zambo o cabrocha…. para referirse a los diversos mestizajes ocurridos a lo largo de los siglos en el Brasil. Lo que nunca imaginé era ser llamado “gringo”, no por ser de nacionalidad estadounidense, sino por ser extranjero. Era Gringo da Guatemala. El Presidente era el general Joao Figueredo y ya había comenzado el movimiento de las elecciones directas (As diretas, já!), que pedían la salida de la dictadura militar en el Brasil, que se iniciara con el golpe de Estado en contra de Joao Jango Goulart. La primera vez que visite Río de Janeiro quedé maravillado. Debe haber sido en el mes de marzo o abril de 1984. Nos fuimos en bus, que partía de la estacao do metro, Tiete y llegábamos a la rodoviaria de Río. Me acompañaban mi amigo y colega Mario Alfonso González Lacs y su esposa, Hilda Patricia Guirola Andreu de González, además de mi novia, Patricia, y mi cuñada, María Olga Pérez Lucas, quienes llegaron de visita. Nos quedamos en un apartamento de la playa de Copacabana y fuimos a los paseos cajoneros, del Pao de Azúcar y del Corcovado.
En el YouTube pueden escuchar las diversas interpretaciones de O Pato, con Joao Gilberto.