La patria de los “influencers”

Conocí el fenómeno de los ‘influencers’ chapines, o más bien me llamó la atención, con el encierro de la pandemia del COVID-19. Releo la frase anterior y me parece estar hablando de un tiempo remotísimo, del cual ya empezamos a perder memoria y referencias. El virus todavía anda ahí, por cierto, y la neumonía sigue matando. También los “influenciadores” o “influidores”, como me recomienda escribir la RAE para evitar el barbarismo, siguen  apareciendo o desapareciendo y en cuestión de tres años los rostros han cambiado una y otra vez y por supuesto seguirán cambiando. Lo que no cambian son los chistes y las estrategias para capturar audiencia. Es decir, así como cambian, también se repiten y se repiten hasta el tedio.

Por supuesto, no busco ‘influencers’ para que me influyan o para que me enseñen algo, ni siquiera para que me entretengan. Debo de confesar, sin embargo, que ese lado esperpéntico que todos (y todas) manejan llegó a despertarme el morbo y, en ciertas ocasiones, incluso a divertirme. El fin de la civilización también puede tener su lado chistoso. Porno miseria, lo llaman algunos, pero hay que decir que no todos recurren a la precariedad que los rodea para conquistar ‘likes’ y obtener algo de plata. Hay varios que se las llevan de mundanos y recomiendan bares o restaurantes de lujo, así como ropa de marca, relojes, zapatos, carteras, juegos de video, artefactos tecnológicos…También hay evangelizadores y satanistas, ex reyes feos escapados de la Huelga de Dolores, ex presentadoras televisivas, celebridades del subdesarrollo y gente que se la da de culta y recomienda libros, discos o películas. En fin, una variedad difícil de abarcar, pero no son los que me interesan.

A decir verdad, me interesan los jodidos, aquellos que se quedaron sin empleo y tratan de rentabilizar un celular “inteligente” que se comió sus últimos ahorros. Los que no tienen nada que vender u ofrecer, a no ser una historia de vida melodramatizada y, por lo general, deprimente. Los que encontraron en la monetización de Facebook o de YouTube’ una manera de salir del atasco. Los radicales, los que llevan la vulgaridad y la ignorancia a sus últimas consecuencias. Los casi apocalípticos. A algunos de estos (o estas) les ha ido muy bien. El truco o la desesperación les funcionó y ahora tienen miles de seguidores. Además de alcaldes, caciques, diputados que los financian, porque al decir “puta-mierda-pisado-cerote” rescatan la esencia nacional y se identifican con el pueblo.

Acabo de encontrarme a una de ellas, evito el nombre, chapina a morir, según sus palabras, haciendo un “en vivo” en un parque de provincia. Mira los adornos para el día de la Independencia y la tarima donde van a poner la antorcha. Le pide a su compañero que cante el himno nacional y este medio tararea el de Estados Unidos. La otra se ríe y le dice que con esa “cara de maya” no espere que los seguidores crean que es gringo. El otro alega diciendo que el himno de aquí ya se le olvidó, que solo recuerda aquello de que “no haigan esclavos que lamban el yugo”. La muchacha llama entonces a “saludo uno” y pide que hagan la jura a la bandera. Dicen algo así como patria querida, serios y castrenses, antes de que termine el video.   

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Author: Maria Suarez