Las elecciones, tras las primeras olas de democratización modernas en el mundo occidental, solían ser momentos solemnes dentro del calendario “litúrgico” de la democracia, torneos ideológicos sobre el futuro de la nación. En la mayoría de los países de Europa y América, la rivalidad entre partidos tradicionales era similar a la rivalidad que existía entre fanáticos de fútbol. Rivalidades que hacían hervir la sangre de los simpatizantes de un bando, animados a vencer a su contrincante. Rivalidades que, sin embargo, al sonar el silbato final terminaban en una celebración en amor mutuo por el juego que es el fútbol o, en esta analogía, la democracia. Por supuesto que esta descripción romántica solo fue posible como producto de los procesos políticos que sufrieron nuestras poblaciones, como lo fueron dictaduras militares, guerrillas, revoluciones comunistas y el terror de las guerras civiles.