Como un insulto más a la dignidad de la Patria, el pasado 15 de septiembre los guatemaltecos nos enteramos de que el régimen “liberaba” de persecución penal a Blanca Stalling. Como es de conocimiento público, la exmagistrada fue grabada por el Juez Carlos Giovanni Ruano Pineda, el 1 de septiembre de 2016, cuando la primera intentaba presionar al segundo, su colega de menor jerarquía, para incidir inmoral e ilegalmente a favor de su hijo, acusado de canalizar los sobornos a directivos del Seguro Social en el sonado caso IGSS-PISA; el cual tuvo como consecuencia, entre otras cosas, a más de treinta muertos. La “togada” evadió inicialmente enfrentar a la justicia, hasta que la CICIG logró su captura, en un bochornoso incidente durante el cual la jueza prófuga, disfrazada con peluca y anteojos de sol y blandiendo arma de fuego, fue acorralada por la policía en una abarrotería, como una vulgar delincuente más. Llevando ahora el oprobioso desatino al colmo, sus colegas de la Corte Suprema de (in) Justicia —los mismos cuyo periodo legal venció desde octubre del 2019 y que siguen ilegítimamente aferrados a sus cargos con base en güizachadas y en el contubernio de una mayoría parlamentaria de diputados que no representan al pueblo— no solo la “reinstalaron” como magistrada, sino que también “la van a premiar” ¡con Q6.7 millones!, ¡equivalente a más de 150 años de salario mínimo! ¿En qué clase de parodia de república nos ha convertido este régimen? ¡¿Qué clase de “justicia” —impartida por delincuentes encumbrados al más alto nivel— puede esperarse de un régimen así?!
El asunto es más alambicado, por supuesto. La compleja estructura institucional del OJ —y el Tribunal Supremo Electoral— han sido lenta pero firmemente “tomados” por una innoble alianza de grupos empeñados en “ordeñar al erario” noche y día. Esto es resultado de un proceso de regresión hacia formas más primitivas de ejercer el poder que ya creíamos haber superado, desencadenado tras la expulsión de la CICIG. Por eso tenemos casos como el de aquel diputado (Jorge García Silva) que tras darle un “cajonazo” ¡de treinta millones! al Insivumeh, denunciado desde noviembre del 2020, ¡aún llega al hemiciclo a “levantar el dedito”! para dar su aprobación a la avalancha de “iniciativas de ley” antipatrióticas que nos quiere zampar la actual mayoría parlamentaria, ¡porque nuestros oprobiosos tribunales aún no encuentran “cómo quitarle el derecho de antejuicio” al neneco! El sistema político guatemalteco está gravemente enfermo, no cabe duda. Fue diseñado para que los ciudadanos no hablaran de política, para que no se permitiera el surgimiento de liderazgos frescos, para que el poder “se comprara”. Así, la mayoría parlamentaria se construye vendiendo “las primeras casillas” de listados de rufianes desconocidos, que “partidos políticos” sin ideología pero con dueño, “colocan” en “el mercado”, tras tratar de “eliminar del juego” a la “competencia molesta”. Los dizque “representantes” así “electos”, luego promulgan leyes a la medida del mejor postor y son quienes “escogen” a jueces y magistrados, incluyendo a los del TSE. A continuación, todo este tinglado se vuelca a inducir hipócritamente a los electores a abstenerse de votar en nuestra periódica farsa electoral —por decepción— o a que tenga que “escoger” con porcentajes ridículos del voto, “al menos pior”; todo para tomar por asalto legalizado, “en segunda vuelta”, al Organismo Ejecutivo. Así, cada cuatro años, en repetitivo ciclo, el Presupuesto Nacional es inmisericordemente ordeñado. Toda entidad o programa del gobierno es considerado por los funcionarios a cargo como “fuente de repago” de sus “inversiones” para hacerse de pequeños feudos. Aunque nos dejen sin carreteras, sin agua potable, sin escuelas y sin hospitales y a merced de la delincuencia común. Es ese submundo en el que Ministros, Viceministros y otros encumbrados funcionarios piden mordida descaradamente por cualquier solicitud de que cumplan su deber (“veámonos en mi restaurante favorito de Coral Gables, mano; ahí nos ponemos de acuerdo en el anticipo cash y en un porcentaje permanente, pal Jefe y otro, pa Miguel”, según me contó le dijo un conocido funcionario, un potencial inversionista internacional). Aunque el país, literalmente, se esté cayendo en pedazos… ¿Y a esto pretendemos llamarle “democracia”?
Pero esto pasa, ciudadano, porque nos dejamos. El régimen, en lo fundamental, es débil y está en crisis. No es lo mismo ser autoritario cuando una decisiva mayoría apoya al tirano, que cuando eso, como hoy, aquí, es al revés. Timo Chenko es uno de los mandatarios menos populares de nuestra Historia y no controla a los hombres en armas con un eficaz aparato de espionaje, como sí lo hace Maduro, por ejemplo. No tiene el apoyo del Tío Sam, pero tampoco el de sus exsocios y exproveedores, los rusos. La comunidad internacional que cuenta y que tiene aquí misiones diplomáticas, se ríe de él a sus espaldas, no por corrupto, sino por ridículo. La prensa local independiente, lo desnuda y la mayoría del pueblo, lo desprecia. No podría mezclarse entre la gente, sin hacerse acreedor a una espontánea rechifla. Solo tiene el efímero poder de su dinero malhabido y el escurridizo poder de una institucionalidad cooptada. Y sin embargo, sus interesados corifeos y secuaces andan envalentonados. Creen encarnar una especie de desubicado “trompismo tropical”. Las encuestas les dan una falsa sensación de seguridad, aunque ya hayan tenido que “recular” en sus planes de inhabilitar a Sury, porque “el Meme no levanta”. Divididos pero ingenuamente tercos, no ven que “las punteras” de los estudios de opinión solo concitan a las minorías de siempre y al contrario, mucho “antivoto”. No quieren aceptar que el 70 por ciento ya no quiere seguirlos tolerando y que busca una auténtica salida. Creen que aún pueden imponernos su continuidad en el poder. No quieren asimilar —y quieren que usted no se entere de— las relevantes lecciones que nos deja la reciente historia política salvadoreña…
Lo bueno, lo malo y lo feo del caso salvadoreño
El Salvador, pueblo hermano y vecino, tenía una situación similar. No obstante, Nayib Bukele capitalizó la frustración del electorado y en un proceso de dos actos, usando un “vehículo electoral prestado”, primero, y construyendo “una supermayoría”, después, ha desmantelado a la corrupta partidocracia salvadoreña, que no era muy diferente de la que hoy, aquí, aún nos desgobierna. Demostró que no es imposible defenestrarlos, aunque sea “cuesta arriba”. Ya sin tanto ladrón, no hay más que cruzar la frontera para observar sus carreteras, sus escuelas, sus hospitales o la recientemente perceptible seguridad ciudadana, para concluir que hay mucho que los cuscatlecos están haciendo bien. Que aunque algunos predigan una inminente crisis financiera porque Bukele ha mantenido una política fiscal expansiva a pesar de haber heredado un Estado sobreendeudado, esa crítica tiene más de aversión política que de crítica legítima con auténtico sustento técnico. No le perdonan que haya adoptado al bitcóin como opcional moneda de curso legal y que desafíe al “establishment” bancario y al Fondo Monetario Internacional. Y que enfrente a las “maras”, “a pencazo limpio”. Sus críticos no entienden que el BTC es la divisa de la siguiente generación, aunque no sea útil para generar el aguinaldo del próximo diciembre. O que con cierta delincuencia, no hay contemporización posible. El Presidente Millennial, tomando innegables riesgos, se ha atrevido a operar “fuera de la caja”… y por eso, a pesar de que algunas de sus apuestas podrían resultar mal, es increíblemente popular. Hoy, más de cuatro de cada cinco electores lo apoyan apasionadamente…
El día que nosotros nos enterábamos del nuevo escándalo de la “magistrada” Stalling, Nayib Bukele anunciaba su reelección. Aquí es donde el asunto ya no suena tan bonito. Él arguye, con razón, que otros países desarrollados permiten la reelección. Franklin Delano Roosevelt, ícono de los EE. UU., por ejemplo, se reeligió dos veces seguidas. Pero hoy, casi todas las democracias funcionales, “acotan” legal y regulatoriamente la reelección, por los riesgos que implica lo que los norteños llaman “el poder de la incumbencia”. En Mesoamérica, el registro histórico nos obliga a ser cuidadosos: Porfirio Díaz, por ejemplo, hipócritamente utilizó el lema de “Sufragio Efectivo, No Reelección” para su primera elección. Ya en el poder, no obstante, cambió de opinión, modificando a su antojo las leyes, hasta quedarse ¡35 años! en el poder. Tres cuartos de lo mismo hicieron aquí Estrada Cabrera y Jorge Ubico; y Hernández Martínez, entre otros, en El Salvador. Bukele arguye que cambió las “reglas de juego” legal y democráticamente, utilizando a esa “supermayoría parlamentaria” que el electorado le confió. Y es cierto. Lástima que sus argumentos se parezcan tanto a los de Juan Orlando Hernández, o peor, a los de Daniel Ortega. Le deseo lo mejor al pueblo salvadoreño y respeto su autodeterminación, aunque me inclino más por el fortalecimiento de las instituciones, que por la ciega confianza en un caudillo…
En lo que concierne a Guatemala, la ciudadanía tiene que actuar astutamente. Tomar de las recientes experiencias centroamericanas lo bueno y esquivar lo feo y lo malo. En la Alianza por la Auténtica República Democrática (ARDE), por ejemplo, continuaremos escudriñando la oferta política nacional, dialogando y evaluando. Buscando a quienes se puedan comprometer a una agenda de auténtico rescate nacional, para buscar una convergencia política masiva —entre derechas e izquierdas moderadas y democráticas— en el momento eleccionario oportuno. Sin quemar prematuramente a los potenciales portaestandartes. Para crear el “tsunami de votos” que se necesita. Con su auxilio, ciudadano, contribuiremos a mantener “prendida” la llama de la esperanza. No crea esa mentira de que “ya todo está perdido”. La batalla entre la inteligencia y el dinero mal habido viene. Sí, el cambio viene, ciudadano. Y la Patria cuenta con usted…
En la sección de Opinión se publican columnas como contribución al debate público, las cuales son responsabilidad exclusiva de su autor y no representan la visión de elPeriódico de Guatemala o la de su línea editorial.