Basta darle una rápida mirada a las noticias diarias, para darnos cuenta que nos desmoronamos. Que el país pareciera que se cae a pedazos. Un día aquí y el otro allá. Cada vez más cerca del desastre o ya inmersos en él. Agujeros que se abren por todas partes. Cerros y montañas que se derrumban. Gente que se hunde y que se pierde en el inframundo, túneles por donde fluyen todos nuestros desechos…
Cada vez nos hundimos más, de eso no hay duda. El video donde una familia busca a dos de los suyos en las alcantarillas, pareciera una metáfora de la realidad que nos tocó. Circuló ayer en mensajes de Facebook y de Twitter. Es una mujer y una niña a las que se tragó la tierra. Gritan sus nombres en las reposaderas, esperando que respondan. Como en aquellas pesadillas que nos atormentaban en la infancia. Caminábamos por la calle y de pronto el suelo se derretía bajo nuestros pies. Nos llevaba con él hacia el abismo.
Guatemala se ha vuelto un escenario de película de terror, de aquellas de bajo presupuesto. Por todos los caminos acechan los peligros. Es por eso, supongo, que la gente se une a largas caravanas que huyen del desastre. Intentan como pueden pasar al otro lado, llegar a suelo firme, a una tierra prometida que produzca comida para todos. Vuelven exhaustos de la aventura, con las marcas del fracaso incrustadas en el rostro. Apaleados por la migra y por la vida. Con bolsas de papel en donde guardan lo que les queda del desastre: una mascarilla, una botellita con agua, un paquete de galletas…
Pero volvamos a las pesadillas, a las películas de terror en donde grandes agujeros se tragaban a la gente. Hace ya bastantes días que Facebook me aconseja preparar una mochila de emergencia. ¿Sabrá el algoritmo algo que yo no sé?, me pregunto ¿Estaremos mapeados en la realidad virtual como una zona de desastre? Una tía mía pasó toda su vida preparando una bolsa “para cualquier necesidad que se presente”, me decía. Con “necesidad” se refería a los temblores, las inundaciones, los golpes de Estado, los accidentes, las calamidades… Era una bolsa de mano de color negro, elegante en alguna época remota, en donde guardaba una mudada de ropa interior, un desodorante, una agenda del año cero con direcciones y números de teléfono, un viejo pañuelo de seda, un crayón de labios, una cajita de chicles, un cepillo de dientes, un peine, un monedero, un rollo de papel toilet, una botella de alcohol alcanforado, dos mejorales, una magnífica del Señor de Esquipulas… en fin, todo lo necesario por si había que salir corriendo.
¿Correr a dónde me pregunto? Con todos esos hoyos y todos esos derrumbes en las carreteras no creo que ahora lleguemos a alguna parte. Lo que abunda es el lodo y lo más seguro es que terminemos atascándonos. Es consecuencia de ‘la Niña’ o ‘el Niño’, me dicen, del cambio climático, de malas administraciones y de corrupciones endémicas, de falta de previsión, de fallas geológicas, de la basura que producimos, de pésimos ingenieros, de autoridades deplorables. País mal hecho. Desastroso.
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