Aun la vida de un perrito de la calle tiene valor

Según los registros de la cámara que captó el hecho, el 29 de septiembre de este año, a las 0:17 horas, la Patrulla 093 de la PNC, pasó encima de Negrito, un perrito callejero quien, aullando de dolor, murió poco después. El hecho, ocurrido en una población de Chiquimula, espanta por ser un acto deliberado. Sus autores deben ser sancionados de una manera ejemplar. Es difícil dejar de preguntarse qué protección podemos recibir de individuos tan inhumanos.

De manera progresiva, la humanidad comprende que nuestro trato con los animales incluye dimensiones morales. Organizaciones a favor de los animales formularon la Declaración Universal de los Derechos de los Animales en 1998. Para quienes se han familiarizado con la ética ecológica, los derechos de los animales adquieren cada vez mayor sentido. Ante la crisis de la sexta extinción animal que ocurre en el Antropoceno —época geológica marcada por la acción disruptiva del ser humano— la vinculación del ser humano con la Naturaleza no puede ignorarse. 

Estamos lejos de Descartes, para quien los animales eran puras máquinas sin vida interior. Una anécdota interesante muestra la cuestionabilidad de esta opinión. Se sabe que el último acto cuerdo del filósofo alemán Nietzsche fue defender a un caballo exhausto que era azotado sin piedad por un cochero. Después de reprochar su acción al cruel sujeto, Nietzsche susurró algo al oído del animal sufriente. El novelista checo Milan Kundera ha escrito que Nietzsche se disculpaba con el pobre animal por la teoría de Descartes. 

Pero la conciencia moral siempre avanza. Kant, defensor de la dignidad humana, no les atribuía estatuto moral a los animales, pero sostenía que su maltrato llevaba al embotamiento de la capacidad humana de compasión (lo que hace pensar en los psicópatas que gozan causando sufrimiento a los animales). Kant incluso consideraba que los animales que habían servido y vivido en una casa tenían derecho a ser considerados como miembros de la familia.

En oposición a Kant, Theodor W. Adorno, crítico eterno del Holocausto nazi, se oponía a que se les negara la dignidad a los animales puesto que esta creencia terminaba por negar nuestra propia animalidad. Adorno consideraba que reservar la dignidad a los seres humanos forma parte de las creencias profundas que permitan la crueldad hacia los animales, actitud que después se proyecta hacia los seres humanos. ¿No se “justifica” el trato cruel hacia ciertos seres humanos diciendo que estos son peores que animales?

Existe una conexión moral con los animales. Emmanuel Levinas recuerda su experiencia en un campo de concentración nazi, en donde la indiferencia de los habitantes del lugar los despojaba de su humanidad. Levinas recuerda con ternura el recibimiento jubiloso que le brindaba a los prisioneros un perro al que estos bautizaron como Bobby. Este perrito abandonado, con sus saltos y ladridos alegres, les recordaba que eran seres humanos. Bobby, decía el gran pensador, era en realidad el último kantiano en la Alemania de aquel tiempo.

No podemos ignorar que muchas investigaciones científicas muestran que los animales tienen una vida mental compleja. Sentimientos como el miedo pueden ser experimentados por un pulpo; las arañas son capaces de soñar. Hasta las plantas parecen tener una inteligencia peculiar, como lo hace ver el neurobiólogo vegetal Stefano Mancuso. Estos avances científicos brindan sentido a algunas de las intuiciones sostenidas con tenacidad por comunidades culturales que atesoran valores que muestran el valor supremo de la Naturaleza. 

Una sociedad decente no olvida a los más débiles entre ellos. Esta solidaridad abraza a los animales con los que tenemos en común más de lo que pensamos. Una parte de nuestra integridad moral desaparece cuando ignoramos que ellos también pueden sufrir lo inimaginable.


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Author: Maria Suarez