Celebrar la muerte como se celebra la vida

Nuestras vidas están hechas de las personas que amamos que están y las que ya no están. El Día de Muertos nos recuerda que ellos no están lejos, que todavía son parte de nuestra vida y nuestro mundo; nuestras vidas se tocan una a la otra.

A los mesoamericanos, la muerte nos visita cada primero de noviembre, para compartir, bailar, beber, comer e iniciar de nuevo su largo periplo, su eterno retorno. Entre pino, barriletes, altares, ofrendas, cestas, flores, frutas, inciensos, calaveras y velas; con bebidas embriagantes, burlamos, dormimos, festejamos, acariciamos y abrazamos la muerte.

Entre el significado de la vida y la muerte. Siempre en constante resignificación y reelaboración de ese omnipresente suceso.

Comunidades choles, huastecos, huicholes, mayas, mazahuas, mazatecos, mixtecos, nahuas, tepehuanas, tojolabales, totonacas, triquis, tzeltales, tzotziles, yaquis, zapotecas, tzutujiles, mames, kaqchikeles, kanjobales, achíes, pokomchíes, entre otras, se funden en una sola, se dan cita para compartir con los muertos. Para celebrar la muerte en vida.

Culturas que saben que el humano debe morir para que a la vez vuelva a nacer la vida. La regeneración de la naturaleza es la regeneración de la vida.

De acuerdo con el historiador Alfredo López-Austín, la idea de la dualidad vida-muerte era entendida por los mayas como un ciclo constante similar al de la naturaleza; por ejemplo, a la temporada de lluvias y de vida seguía la de secas y su consecuencia: la muerte, de donde surge nuevamente la vida.

Se creía que había que mantener el equilibrio universal y por ello realizaba rituales de veneración a los dioses, con los que se trataba de mantener el orden del universo.

Hoy cada ofrenda cumple la función de purificar y ayudar a las almas a vencer los obstáculos en su tránsito a otro mundo. Para los vivos el afán de eternizarse es una forma de mitigar el sufrimiento por el que se va.

En la cosmovisión mesoamericana se era destinado a un lugar después de morir conforme al índole de su muerte y que podía ser acompañando al Sol, al Tlalocan o al Mictlán.

Celebrar la muerte, es celebrar la vida; introducirnos en las profundidades barrosas de las tumbas y las tradiciones míticas y religiosas de las civilizaciones humanas milenarias, es tratar de descubrir los nexos ocultos de nuestro eterno y efímero paso por el mundo.

Poco a poco los campos se visten de flores amarillas. Mucho a mucho a la temperatura le da por bajar, entonces otro primero de noviembre llega para celebrar a los muertos. Para recordar que la muerte puede enseñarnos de qué forma estar verdaderamente vivos. Y que celebrar la muerte es celebrar la vida, construir las puertas del cielo al hacer colectividad con los ancestros y así conservar la permanencia de los pueblos en la eterna búsqueda de abrazar la vida como se abraza la muerte.

Como lo enseñan las culturas mesoamericanas y lo afirmó también Marco Aurelio: “La vida de los muertos está en la memoria de los vivos”. Cuando se vive en los corazones de los vivos no se muere.

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Author: Maria Suarez