Alguna vez conté que una de las razones por las cuales me sentí por fin relativamente libre de ser objeto y sujeto de consumo, fue cuando me trasladé a un país socialista como lo era la antigua Alemania Oriental (fui allí para enterarme vivencialmente de lo que era el tan denostado socialismo), porque mi buzón de correos en ese país no se llenaba nunca de propaganda y de avisos instigándome diariamente a comprar en confortables mensualidades algún objeto o servicio que me proporcionaría comodidad y felicidad, o bien recordándome que, si me retrasaba en algún pago, se tomarían medidas judiciales contra mí.
Tampoco la televisión y la radio me atosigaban cada diez minutos con propaganda para adquirir “X” o “Y” producto maravilloso que mejoraría mi calidad de vida. En ese sentido, experimenté el increíble y dulce placer de ya no ser bombardeado en mi espacio personal con ofertas de productos que, en rigor, no necesitaba, cosa que sí sucedía en los países capitalistas. Esto aconteció en los años ochenta del siglo pasado, cuando todavía no existía internet.
Después, con la revolución informática, el capitalismo dio en el mundo otra vuelta de tuerca en el arte de agilizar los capitales y de crear necesidades de producción y de consumo cada vez más sofisticadas, introduciéndose no ya en los buzones y en los televisores, sino directamente en los cerebros de los ciudadanos a través de las redes sociales. En internet, por ejemplo, no puede uno buscar una pinche página o información de lo que sea, sin ser interrumpido masivamente por un sinnúmero de anuncios y ofertas vinculadas supuestamente a nuestras necesidades, pues un detector del sistema (o algoritmo) se encarga de asociar lo que considera que andamos buscando, con los productos disponibles en el mercado.
El método es genial, aunque intrusivo en extremo. El problema es que conlleva dos trampas: por una parte nos invita a vivir por encima de nuestras posibilidades, es decir, nos hace estar siempre endeudados, y por la otra, en un alto porcentaje (sobre todo en lo que se refiere a productos vinculados a la salud), la propaganda suele ser falsa, porque los productos ofrecidos son en su mayoría de mala calidad o ineficaces, pero como están amparados por el sagrado principio del libre comercio, pueden venderse sin restricciones, aunque ello constituya moralmente una estafa.
El problema de las sociedades de libre mercado (uno de tantos problemas) es que, si no hay una instancia independiente que controle realmente la calidad e idoneidad de los productos y servicios que las empresas estatales o privadas ofrecen, así como las maneras de promoverlos, fácilmente se termina convirtiendo a los ciudadanos en meros conejillos de indias, bajo la tutela de diversos y muy pícaros gremios de depredadores.
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