Cuando el garrote no puede con la historia

“El líder de la hermandad musulmana me pidió una reunión. Quería que escuchara sus exigencias. Una de las exigencias que me hizo fue que hiciera obligatorio el uso del hiyab para las mujeres en público. Le dije que creía que cada persona en su propia casa debía hacer sus propias reglas. Me dijo que estaba equivocado, que tenía una responsabilidad moral como líder. Entonces le dije ¿no tiene una hija en la Facultad de Medicina? Sí, me respondió. Ella no lleva fatua. Si siquiera puede obligar a su propia hija a llevar un hiyab ¿cómo quiere que yo obligue a 10 millones de mujeres egipcias a ponérselo? Este fue un chiste que el presidente Nasser de Egipto le contó a una multitud en un mitin político. Llegó a simbolizar no solo la naturaleza secular y liberal del socialismo árabe, sino lo que parecía ser una tendencia irreversible en Oriente Medio. Una vez concedidas las libertades personales, la ciudadanía se muestra abiertamente hostil ante la perspectiva de perderlas o de verse obligada a renunciar a ellas. Un ejemplo de ello es que ni siquiera el jefe de la Hermandad Musulmana (que sigue siendo una de las principales organizaciones islamistas de Oriente Medio) lograra imponer un código moral estricto a su propia familia.

Esta es una situación que se hace eco de los acontecimientos en Irán. Una generación más joven y globalizada de jóvenes iraníes parece ser cada vez más hostil al régimen de los ayatolás, que es recalcitrantemente conservador. Una población cuya media de edad no pasa de los 35 años solo puede ver la revolución islámica como lo que ha sido. Es decir, un régimen teocrático y opresivo que ha conducido al país hacia el aislamiento y la ruina económica. Además, imponiendo unas normas sociales draconianas que parecen cada vez más anticuadas en el siglo XXI. Atrás quedaron ya la inestabilidad económica, el desenfreno y la corrupción asociados (de manera un tanto injusta) con el régimen del último Sha y qué avivaron la llama de la revolución en primer lugar. 

La revolución blanca promovida por el otrora monarca de la dinastía Pahlavi acostumbró a los iraníes muy rápido a poder vestir a la occidental, ver avances tecnológicos encomiables y a ver mujeres ligeras de ropa en las revistas. Y por más que el régimen lo haya intentado, la huella de la libertad es muy difícil de borrar. Muertes como la de la joven Masha Amini revitalizaron ese espíritu aperturista. Si el régimen no les da a los jóvenes iraníes lo que nunca eligieron perder el grito de “muerte al dictador” puede acabar, una vez más, en revolución. 


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Author: Maria Suarez