Desarrollo vs. cuidado

El modelo de desarrollo impuesto desde 1954 ha convertido a Guatemala en un país en el que las desigualdades golpean a la mayoría de la población, y cuyos bienes naturales están en peligro de extinción acelerada. La destrucción provocada por ese “progreso” salta a la vista en todo el territorio: selvas y montañas deforestadas, ríos, lagos y mares contaminados, infraestructura por los suelos; niñez desnutrida, juventud expulsada y niveles de violencia intolerables. Ese es el país que el gobierno presenta de manera grotesca —y a un costo millonario— como asombroso e imparable. 

En contraste, el programa que los gobiernos revolucionarios de Arévalo y Árbenz llevaron a la práctica en un corto periodo de diez años sí trajo beneficios para amplios sectores de la sociedad. La atención a la educación fue ejemplar y rindió frutos entre quienes estudiaron con una pedagogía innovadora y democrática. Las escuelas tipo federación que se construyeron en el primer gobierno de la Revolución siguen de pie, como orgulloso vestigio histórico de políticas orientadas a sacar al país del orden feudal que muchos todavía defienden. Igualmente, la reforma agraria que benefició a miles de familias campesinas posibilitó que pudieran mejorar sus condiciones de vida al contar con tierra para vivir, sembrar y cosechar. La construcción de infraestructura nacional propia era la senda hacia la emancipación de los capitales extranjeros que se adueñaron impunemente de medios de producción, vías de comunicación y de gobiernos sumisos rendidos a sus órdenes. 

Si evaluamos los efectos del mentado desarrollo basado en la explotación, comprobamos que el daño es en muchos casos irremediable. Después de tantos años, Guatemala es uno de los peores países del continente en términos de violencia, analfabetismo y deterioro ambiental. Solo las cifras de niñas forzadas a la maternidad son prueba de su rotundo fracaso: más de 40 mil criaturas violadas en menos de un año indican que el Estado ha permitido que el horror se implante como patrón de vida. Las fatales consecuencias de la voracidad capitalista evidencian que el desarrollo para pocos es miseria y sufrimiento para muchos. 

Por otra parte, el cuidado como forma de convivencia armónica es una posibilidad de sobrevivencia que urge asumir. Poner en el centro la protección de la niñez y la juventud, proveyéndoles condiciones óptimas para desarrollar sus potencias; detener la destrucción del entorno natural y promover la restauración de áreas dañadas, recuperar ríos y bosques es lo que nos toca hacer frente a la catástrofe provocada por el sistema económico. 

La Revolución del Cuidado involucra todos los ámbitos de la vida en común y, por lo mismo, empieza desde lo personal y alcanza lo público. Implica propiciar relaciones justas en la distribución de tareas y de bienes, entre mujeres y hombres, entre clases y grupos culturales diversos, sin exclusiones. Cuidar significa conservar lo que existe, prevenir antes de lamentar y planificar para un futuro con dignidad. Adoptar otras formas de vida evitaría muchos males y traería felicidad.


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Author: Maria Suarez