Son muchos los años acumulados en el poder por la misma gente. Y, como sabemos, eso de que el poder corrompe es verdad. Quiérase o no, se entiende como la dinámica pervertida que tiene un barniz de institucionalidad que dice escudarla, y, por debajo, en su centro, la realidad es la del capricho, del robo del erario público, del nepotismo, por no mencionar la estafa moral y despiadada que viven a diario quienes un día creyeron en ellos. Muy bien cumplió la premisa Juan Vicente Gómez, con sus 27 años de gobierno, pues, luego de su muerte, se destapó la olla y hubo que confiscarle, en lo que se pudo, los bienes a la familia inmediata que enriqueció hasta la saciedad; sin embargo, una rama, la más avispada, guardó sus realitos fuera del país y se marchó porque Eleazar López Contreras no iba a aceptar que se le montaran encima, comenzando por Eustoquio Gómez. Otro ejemplo, Victorino Márquez Bustillos quien ejerció la presidencia de la República de mentiritas; despachaba en Miraflores para el fastidioso trabajo de reconocer y acreditar a los embajadores, pero todos los ministros iban a Maracay a rendirle cuentas al brujo de La Mulera.