Semana de estados de preocupación en voz alta. ¡Cómo estará la cosa cuando aquellos que siempre callan por precaución -o por interés, o lo que sea- empiezan a manifestarse! «Estoy más preocupada de lo normal por la inflación. Necesitamos tener nuestra casa en orden». El aviso es de Ana Botín, el pasado 13 de octubre, tras ser nombrada presidenta del Instituto de Finanzas Internacional , el mayor lobby financiero mundial, posición que compaginará además con la presidencia de la patronal bancaria europea. Las palabras de la jefa del Santander suenan como un portazo a la política económica del Gobierno, que ahora saldrá en tromba a decir que ya lo advirtió, que son los de los puros y la chistera metiendo miedo a la clase media y trabajadora y que no hay de qué preocuparse porque Pedro Sánchez está con nosotros. Las palabras de Botín, hasta hace poco miembro del selecto y en desuso clan de aplaudidores -más por obligación que por devoción quiero pensar- de La Moncloa, cobran especial validez por venir de un sector que ve como pocos la bravura de unas aguas que han ocupado la cubierta de la economía global y amenazan con gripar las máquinas de países que apenas son chalupas comparadas con los grandes transatlánticos de Estados Unidos y China, auténticos vencedores de esta tormenta perfecta. El dólar cotiza en máximos y los ‘hedge fund’ apuestan por nuevos repuntes de la divisa verde. China se ha zampado a Rusia, metida de hoz y coz en una guerra absurda que solo acabará cuando a Xi Jinping -presidente de la República Popular China- le venga mejor. Botín se preocupa por la creciente tasa de mora y una agresiva pero eficaz política monetaria de la Reserva Federal que fuerza a su homónimo europeo -al BCE, claro- a arrastrar los pies y que deja a Europa en evidencia, con la economía alemana al borde del abismo y temiendo que entre el invierno. «Necesitamos doblegar la inflación; de lo contrario la factura va a ser alta», repetía Botín que decía también haber detectado entre sus clientes «ansiedad», tanto entre particulares como en empresas, especialmente entre las pymes. ¡Pues así estamos todos los españoles, con ansiedad! bueno, menos uno, ya saben. Quien a estas alturas no crea en el apagón que nos acecha vive fuera de la realidad -¡ni imaginar quiero en poner la situación real al nivel de la serie española con título ídem, antología postapocalíptica con ecos de ‘El Colapso’ francés, que viven diferentes personajes cuando las ciudades colapsan, los hospitales se quedan sin suministros y a muchos lugares no llegan agua corriente, luz, ni alimentos!-. La realidad de verdad, no la de los mundos de Yupi capitaneada por la ministra de los dineros. De momento, la realidad verdadera es que la crisis energética ha dejado en evidencia las debilidades del sistema de fijación de precios de la luz, que nunca previó una situación como la que vivimos ahora. El remedio está siendo en algunos aspectos peor que la enfermedad y la improvisación europea está generando un problemón de competencia intersectorial, con empresas que trasladan su producción a otros países simplemente porque producir allí es mucho más barato. En suma, la crisis energética nos fríe y el Gobierno nos lanza a las llamas con una política de dinero público que engorda la inflación y que amenaza con la temible estanflación. Hemos salido del fuego para caer en las llamas. Pero aquí lo importante no es construir un buen arreglo, que no llegará hasta que Alemania tenga en orden su casa, parafraseando a Botín, sino que los esfuerzos están dirigidos a fabricar una buena excusa. A falta de talento y coraje buena ha de ser la propaganda. Y de eso, como bien saben , Sánchez tiene un doctorado . En esto, sí. Los alimentos se han encarecido en el último mes un 14,4%. Se dice pronto. Las hipotecas ya han superado el 2,5% de interés y las de tipo fijo se están firmando por encima del 4%. La energía -repito- nos fríe, la inflación nos come por las trancas, y Sánchez se esconde. Porque el presidente del Gobierno solo tiene un plan: asaltar las instituciones. El pacto/arreglo de la Justicia ya está hecho -los chicos del PP están ahora pendientes de dónde está la bolita, pero en los cubiletes de Sánchez no hay bolita- y la preocupación es acallar a los medios: muerto el perro se acabó la rabia. Unas cifras más de interés: el funcionamiento de La Moncloa con Rajoy, en 2018, nos costaba 36 millones de euros -que ya son millones-; en 2023, con Sánchez nos costará 134 millones, ¡un 272% más! Cada cual que saque sus conclusiones y cuando llegue el momento que elija el susodicho para votar, que cada quien vote. Otro dato final: el CEO de JP Morgan, Jamie Dimon, ha dicho también esta semana que « los próximos años van a ser bastante duros . No habrá aterrizaje suave, sino duro». Otro de la chistera, dirá Sánchez, mientras repasa la normativa de escudo de empresas estratégicas para empezar por blindar a Naturgy de IFM y seguir por… Se admiten apuestas. Gobierno de España: a grandes males, grandes remedios.