Gloria Hernández, que recibe el próximo 3 de noviembre el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias, tuvo su primer acercamiento al arte de contar historias, a través de unos libros que le llevó como regalo su padre. Eran viejas ediciones de ‘Las mil y una noches’, ‘Alicia en el país de las maravillas’ y una adaptación para niños del ‘Quijote’, que él había comprado, en un viaje de trabajo, en aquella legendaria librería evangélica de Quetzaltenango. Una cueva de tesoros bibliográficos, en donde yo mismo adquirí por 50 centavos, también en un viaje, la primera edición en español de ‘Contrapunto’ de Aldous Huxley. Como todo niño que se acerca a los libros, lo primero que a ella le llamó la atención fueron las ilustraciones, pero luego de agotarlas, comenzó a introducirse en las historias y a descubrir en estas un universo fascinante y extraño para sus ocho o nueve años. Le trastocaron duro la imaginación, hay que decirlo, y a partir de su lectura comenzó a inventarse otras vidas para ella que les iba contando a sus amigas del colegio. Una de estas vidas imaginarias, en la que aseguraba vivir en un auto abandonado en medio del monte, inquietó sobremanera a su maestra, pero fuera de regañarla, le aconsejó que en lugar de contarle mentiras a sus compañeras, mejor las escribiera en un cuaderno. Un ejercicio que practica hasta la fecha.
Más adelante, cuando cursaba el secretariado bilingüe, en un libro de inglés descubrió a Shakespeare. Y a Bob Dylan, Leonard Cohen, Cat Stevens… cuando tuvo que transcribir las letras de sus canciones en la clase de taquigrafía. En inglés también leyó por primera vez a los autores del ‘boom’ latinoamericano, esto fue en la biblioteca de la Universidad de Texas, en donde los libros en español brillaban por su ausencia. Es posible que por lo mismo, la traducción se haya convertido en una de sus pasiones y en la forma más placentera que tiene de ganarse la vida.
Fue durante esa estancia en Estados Unidos, en donde el hábito de escribir divagaciones, que le venía de la escuela primaria, se convirtió en un vicio. Una perdición que la llevó, ya en Guatemala, a inscribirse por accidente en Letras y Filosofía, luego de un frustrado intento por estudiar Arquitectura. Por esos cuadernos en donde vierte las historias con las que se encuentra a diario, fue a parar también al taller de escritura de Marco Antonio Flores –el autor de ‘Los Compañeros’, un clásico de las letras nacionales– en donde descubrió las posibilidades de la ficción y la poesía. De la experiencia nace su primer libro de cuentos, así como su desapego por modas y tendencias. La convicción de que una obra literaria se construye desde el silencio y el aislamiento.
Pero este aislamiento no la lleva a una desconexión con el mundo. A la par de la escritura silenciosa, está también esa inmersión en el universo, más bien bullanguero, de las niñas y los niños, de muchachas y muchachos siempre a la búsqueda de un poco de belleza, dentro de una realidad cada vez más fea e incomprensible. A través de cuentos, versos y fábulas, de una sencillez acogedora, Gloria intenta regalarles la lectura, el placer de la invención y la divagación, la capacidad de imaginar un futuro más amable.
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