Vivimos en un mundo surrealista. Vivimos en un mundo en donde, por ejemplo, la candidata demócrata a la gobernación del estado de Georgia, EE.UU., sugirió que el derecho al aborto es una herramienta en la lucha contra la inflación; un mundo en donde un presidente exguerrillero en Colombia y un rondero comunista acusado de operar bandas criminales desde el Palacio de Gobierno de Perú culpan a la lucha en contra de lo ilícito (la guerra contra las drogas) por los daños criminales a nuestras sociedades producto de las actividades ilícitas. Más allá de ser un mundo más complejo y confuso, vivimos en un mundo marcadamente más violento que en las últimas tres décadas. Un mundo en donde cada diferencia política pareciera producir una amenaza existencial para los bandos opuestos. En general, pareciera que vivimos en un mundo en donde los Estados están siendo amenazados por conflictos internacionales e internos, no controlan sus fronteras y, sobre todo, no tienen el monopolio interno de la violencia.