Mujer viendo a la luna

La semana pasada, en Los Amates, Izabal, una mujer se quedó durante más de cinco horas viendo fijamente a la Luna. Es uno de los sucesos más bellos de los que he tenido noticia en mucho tiempo. Por alguna razón, observarla en las fotografías y videos que circularon en las redes sociales me hizo sentir una infinita tristeza, por ella, por mí, por todos nosotros. Era de una de esas acciones que inspiran además un profundo respeto por las personas que las realizan. Ante ellas, uno no puede sino guardar silencio. Pensé en la historia bíblica de Job, cuando tres amigos que se han enterado de los males que padece, llegan a visitarlo, pero lo ven sufrir de una manera tan callada y perfecta que son incapaces de molestarlo en su sufrimiento. Sin embargo, también se preguntan qué terrible pecado habrá cometido Job para sumirse en una agonía semejante. 

Observar fijamente la Luna, durante cinco horas, es una actitud que se vuelve sospechosa, sobre todo en las sociedades en las que en la actualidad vivimos. Una actitud mucho más perturbadora, diría yo, que quedarse absorto durante un día entero viendo la pantalla del celular. La diferencia, creo, es que observar la Luna, sino se trabaja en algún instituto de astronomía, es un acto gratuito, nada rentable, mientras que quedarse enajenado frente a una pantalla, quiera que no le produce dividendos a las grandes corporaciones transnacionales.

En Guatemala, toda situación que no se comprende, cae en el terreno de lo subversivo, de la resistencia contra el orden establecido. Y cómo nadie sabía quién era esa mujer, ni qué hacía ahí, ni qué tipo de mensaje escondía en su actitud, lo primero que se les ocurrió a los habitantes de Los Amates fue llamar a la Policía. Posiblemente les pareció una conducta tan escandalosa, como ponerse a disparar o a agredir gente en la vía pública en estado de intoxicación alcohólica.

La mujer vestía sencillamente y llevaba una modesta bolsa de mano. Lo primero que intentaron los agentes del orden fue arrebatarle y registrarle la bolsa. Ella la aferró a su pecho para defender su identidad, lo poco que le quedaba: más tarde se supo que lo único que portaba era su DPI. Tanto curiosos como policías también intentaron interrogarla, pero no pronunció ni una sola palabra. Al final, la metieron en una patrulla para que dejara de ver la Luna y fue el único momento en que opuso una débil resistencia. En la última foto que vi de ella, está sentada en una banca de la comisaría, abstraída, triste, derrotada.

La mujer se llama Orfa Arcely y es originaria de Melchor de Mencos, Petén. Según los familiares que llegaron a rescatarla, desde hace un tiempo se encontraba extraviada en el área de Puerto Barrios. En las fotografías no se le ve sucia ni en mal estado. Si huía de algo, no lo sabemos. Hay cierta bondad que atraviesa su rostro y su mirada. También algo de perplejidad y de angustia. Quizá solo quería llegar a un lugar parecido a la Luna, un lugar en donde no te metan a la cárcel por observar las estrellas. Me gustaría darle un abrazo muy fuerte, pero no quiero perturbar la perfección de su contemplación y recogimiento.


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Author: Maria Suarez