Caminando el mes de octubre, entre rezos de rosarios y visitas a Santo Domingo a ver a la Virgen, la abuela iniciaba con tiempo los preparativos del fiambre en la casa del Callejón.
Sacaba del gavetero su gabachón de tela cuadriculada que le cubría hasta la enagua, y como capitán de barco comenzaba a dictar las órdenes pertinentes para dar inicio a la proeza del ritual del fiambre.
El primer día, salían de los estantes empolvados de la cocina al lavadero de la pila del patio, las tablas de madera para el pica pica de la verdura, los morteros, la piedra de moler y los molcajetes en donde se molían las especias. “Todo limpio y reluciente”, ordenaba la abuela, pues a su saber y ciencia el fiambre es un platillo muy delicado de elaborar y cualquier cosa lo shuquea.
Una enorme jarrilla de agua hirviendo competía con el chorro de agua de la pila que caía despreocupado hasta el rebalse. Las tablas se frotaban con estropajo y cepillo de escoba untados con jabón blanco y polvo de piedra poma, desaguándolas con suficiente agua hirviendo hasta dejarlas inmaculadas de limpias.
Igual camino tomaban las tres ollas de peltre blanco con orillita azul a donde iba a parar el picadillo de verduras, las decenas de palanganas y apastes en donde se colocaban los adornos del fiambre, y los cucharones y paletas con las cuales se movían las salmueras y caldillos. “Todo debe quedar limpísimo, porque después de las lluvias de octubre hasta uno huele a moho”, decía la abuela, secándose las manos con unos limpiadores de Cantel.
En la casa se preparaban las conservas encurtidas, los chiles pimientos carnosos tostados en la plancha del poyo y después despellejados hasta quitarles la piel tostada. Las cebollitas de cambray, cabezas redondas, suavizadas gracias a siete hervores y los pequeños pepinos, los que eran colocados en frascos de vidrio con agua de vinagre, sal, raja de canela, clavo de olor, tomillo, punto de azúcar y una hojita de laurel.
La abuela sacaba de los aparadores del comedor los platos en donde emplataría el fiambre. Los ovalados profundos para la casa, los de regular tamaño para regalar a la familia y las fuentes pequeñas tipo dulcera, para quienes vivían solitos, fiambres que llevaban adjunta una nota atenta manuscrita de la abuela: “le mando un probador de fiambre, para ver si le gusta este año”. Todo se lavaba y secaba para estar adelantados en los trajines que llevaría hacer fiambre.
Ya para entonces, en la tercera semana de octubre y con los primeros vientos fríos de la temporada, la pobre abuela lucía ya cansada con el cabello alborotado, diciendo entre dientes y en calladito, aquellas frases que solemos aún decir quienes preparamos cada año el fiambre: “Nadie sabe realmente cuánto trabajo lleva hacer el fiambre”.
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