Recuerdos de la mascarilla

Durante mucho tiempo relacioné la mascarilla a la profesión de mi padre que era médico. Yo lo buscaba de niño en el  Hospital Pedro de Bethancourt de La Antigua Guatemala –estamos hablando de mediados de los años sesenta del siglo pasado– y lo veía salir del pabellón de tuberculosos, del que era fundador y responsable, con gorro, bata y mascarilla, todo de color blanco ¿o celeste? Antes de hacerme un breve cariño en la mejilla o en la cabeza –nunca fue muy expresivo que se diga-–, se lavaba cuidadosamente las manos con un desinfectante diluido en agua, cuyo olor me regresa de repente, hasta la fecha. Olores de infancia que evocan sentimientos, climas, personas, lugares, maneras de ver el mundo, objetos como esos trozos de tela que cubrían nariz y boca para proteger de enfermedades indecibles, como la causada por el bacilo de Koch.

Más adelante, ya en la escuela primaria, mis amigos y yo adoptamos la costumbre de cubrirnos la mitad de la cara con unos pañuelos vaqueros que vendían en el mercado a cinco o a diez len. Queríamos parecernos a los bandoleros que mirábamos en los ‘westerns’ que pasaban en la tele o en el cine. La moda nos duro poco, pues la seño Esperanza la prohibió, ya que no quería revoltosos en su colegio, un centro educativo católico que velaba con celo por la corrección en el vestir. Esos mismos pañuelos, solo que más grandes, se pusieron de moda en mi época hippie y servían para todo, menos para limpiarte los mocos u otros fluidos corporales. Con ellos te cubrías el cuello o la cabeza, o a veces la boca y la nariz, para protegerte del frío y además darte un aire entre ‘chic’ y misterioso, supuestamente.

Mascarilla, o marqués de Mascarilla, se llama el personaje más entrañable y delirante de Molière. Aparece en ‘Las Preciosas Ridículas’ –de la que montamos algunos fragmentos con la Academia Dramática Antigüeña allá por los años setenta– y era el que encarnaba el genial dramaturgo francés en sus recorridos por las ferias de provincia. También lo llevó a cortes y palacios y estaba vestido con sus ropas cuando empezó a sentir los malestares que le provocarían la muerte. De mi efímero paso por el teatro, recuerdo un diálogo deliciosamente absurdo entre Mascarilla y Alerquín, que poníamos en escena con mi amigo Otto Gaytán.

En un viaje a Tokio, en 1998, me sorprendió que más de la mitad de los pasajeros de un avión que tomé en Los Ángeles, llevaba puesta una mascarilla. Costumbre muy japonesa, me enteré ya en el lugar. Si te encontrás o te sentís resfriado, portar un cubrebocas es una forma de cortesía para con los demás. No es obligatorio, solo una muestra de buena convivencia en una ciudad en donde, a pesar de sus casi 14 millones de habitantes, la armonía y el respeto mutuo son regla.

El COVID-19 continúa causando estragos en Guatemala, pero el uso de la mascarilla ya no es obligatorio, ni siquiera para los niños que asisten presencialmente a la escuela. De acuerdo, nos liberan de una imposición a ratos fastidiosa, pero por otro lado nos dejan a expensas de la buena educación de los demás, si es que la tuvieran. En un país en donde el otro no es mi prójimo sino el enemigo a exterminar, yo no apostaría por la armonía y el respeto. Puro sentido común, digo yo. 


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Author: Maria Suarez