Como indican nuestras costumbres, cumplimos con las ceremonias de tus nueve días. Nueve días de duelo en el que junto a tu familia y círculo cercano te acompañamos con ritos, rezos, inciensos, velas y cantos para ayudarte y ayudarnos a procesar tu partida.
En el primer día, todos los rincones de tu casa se convirtieron en un lugar de duelo, donde tu núcleo familiar y tus animales pasaron la última noche a tu lado, velando tu eterno sueño.
En el segundo día con los primeros rayos del sol reconocimos tu vida guiados por el ajq’ij que viste crecer, quien en tu idioma materno honró tu memoria y tu servicio en esta tierra, y junto con las personas que te cuidaron te dijimos, gracias. Más tarde diste tu último recorrido por el centro de la ciudad que te vio nacer y de regreso tu familia sacó las escudillas de barro para servir el caldo con el que te despedimos el día que tu cuerpo quedó reposando junto a la madre tierra y al lado de papá Juan.
En el tercer día fuimos a verte a tu nueva casa, te llevamos fruta y atol para que no te sintieras sola y para que nosotros pudiéramos seguir cubriéndonos de otra forma de tu sábila y de tu energía.
Del cuarto al séptimo día te cantamos y te pensamos en toda tu plenitud. Celebrando tu vida, agradeciendo tu lucha y reconociendo el legado en tu amplia descendencia.
En el octavo día se buscaron las hojas de mashán más tiernas, se tostó el recado, se recibió a las mujeres de la familia y a las hijas de las personas con quien trabajaste, quienes con el corazón pleno llegaron a ayudar para preparar los alimentos y adecuar tu casa.
En el noveno día recibimos las cajas de chocolate y los enormes canastos de pan de fiesta. Por la noche, la melodía melancólica de los violines junto a la luz tenue de las velas acompañó tu rezo de despedida. Esa noche la rezadora principal y las mujeres de tu familia bendijeron el pan de yemas que sería compartido a tus círculos cercanos, a lazos de amistad y comerciales que construiste durante tus 87 años de vida.
A la medianoche del noveno día toda tu descendencia alumbró y aromatizó tu camino con pino y velas, así como tu guiaste el nuestro. Sacudimos tu ropa, tus enseres y te despedimos deseándote buen camino en el cruce de las cuatro esquinas, la misma intersección ante la cual la vida nos coloca ahora que has partido para que tracemos solas el rumbo de esta nueva etapa de vida.
Al siguiente día, para coronar tu partida, se fue al molino, se cernió el salpor, se coció el arroz y se molió el recado. Las mujeres envolvimos los tamales de arroz y los chuchitos, y uno de tus patios se convirtió en una enorme cocina que dio de comer a quienes llegaron a celebrar tu vida junto a tu familia.
Finalmente, al caer la tarde tu misa de nueve días desbordó la iglesia de tu barrio y tu casa acogió a tus extensas redes, recordándonos lo inmensamente amada y respetada que fuiste en tu caminar, en tu trayectoria de vida. Cumplimos con tu memoria al compartir los alimentos con tu familia y amistades, pero también con las y los ancianos de tu ciudad, como tu pediste para cerrar el círculo de tu vida y de nuestras vidas. Hoy empezamos otra etapa, tú en otra dimensión con quienes te antecedieron, ya convertida en luz inalcanzable que guía a su descendencia, mientras nosotros empezamos a amar tu eterno ejemplo de otra forma, reconociendo que serás difícil de superar.
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