Un enfoque acertado

El artículo de opinión del pasado lunes 17 de octubre y respaldado con la firma de Jose Rubén Zamora lo creo muy acertado, muy valiente y encima muy oportuno. 

Consiste en una condena radical de nuestro estilo de vida contemporáneo, es decir, acomodaticio, timorato y oportunista.

Yo firmaría con gusto todo lo que Jose Rubén asevera en esa publicación, a pesar de que algunas veces me he hallado en la acera opuesta de aquello en lo que concluye. 

Lo creo por eso muy valiente, cosa nada frecuente entre los articulistas de opiniones sobre la realidad del momento. 

Estoy de acuerdo en primerísimo lugar en que la valentía de las reflexiones sobre la vida política en nuestros días ha sido frecuentemente más bien entre nosotros escasa y en exceso superficial. Aunque, a veces, también se proyecte con demasiada frecuencia un revanchismo de clase o de prejuicio.

Entre las múltiples aseveraciones de Jose Rubén que a mis ojos lo retratan como un hombre muy inteligente y muy lógico, está su condena casi universal a la ausencia de criterios congruentes en la moral pública de nuestros pocos políticos que saben expresarse con propiedad. Pues tampoco sobresalen en los comentarios de la prensa perspectivas constantes y hasta casi heroicas de los momentos más cruciales por los que atravesamos. Nuestra tónica periodística es la mayor parte del tiempo demasiado amorfa y hasta a veces cobarde. 

Las condenas casi permanente de Jose Rubén al oportunismo de ciertas figuras públicas, desde el mismo Presidente de la República hacia abajo, me parece un aporte enormemente positivo para el criterio moral de los guatemaltecos. Nada le resulta, como a mí tampoco, muy ajeno o muy hiriente en nuestra vida pública centroamericana. 

Pues en Guatemala no abundan quienes de veras se preocupan por la conducta ética de cada cual. Toda crítica desde altos ideales públicos está casi siempre matizada en contra de alguno, pero no enderezada hacia la auto reflexión que sí de veras nos puede engrandecer. 

Por ello, Jose Rubén se ha constituido para mí en una verdadera excepción y se ha visto por supuesto obligado a pagar el precio correspondiente reiteradas veces, a propósito de presidentes, magistrados, diputados o dirigentes sindicales. 

Y todo, además, de una manera habitualmente muy varonil y resuelta. 

Se enfrenta así con muchísima frecuencia a criterios demasiado fáciles y, por lo tanto, demasiado permisivos para construir sobre ellos juicios sólidos de veras éticos, sobre todo a los ojos de los más jóvenes que suelen ser paradójicamente los más intransigentes. 

El relativismo moral campea victorioso entre casi todos nosotros, pero no para tal Director de elPeriódico, que ha tenido que pagar con muy duras experiencias tanta veleidad de criterio.

También a mis ojos se ha comportado a veces con alguna excesiva ligereza, pero nunca con cobardía en una sociedad tan violenta y tan subjetivista como la nuestra. 

Por todo eso te felicito, Jose Rubén, has pagado con precios muy altos tu sinceridad. Pero sobre hombres como tú descansa en parte la entera vida cívica de cualquiera República digna de ese calificativo como no menos lo fueran un Charles de Gaulle, una Margaret Thatcher o un Winston Churchill, o en otras tantas figuras preclaras de la talla de Cicerón, Marco Aurelio o Agustín de Hipona. No te lo digo para halagarte sino para que jamás apliques en tu tribuna, no siempre la mejor informada, lo cual es imposible, pero sí siempre la que ha de ser la más ejemplar.

Y así, parecemos con frecuencia ser poco o nada exigentes acerca de la conducta pública tanto por parte de los reconocidamente profesionales del periodismo como de los aficionados al chismorreo político decadente en todo momento y en todo lugar. Lo más opuesto a la acertada sensibilidad cívica en cualquier ciudadano y según cualquier tendencia.

Porque parecemos ser demasiado “laxos” con nuestras habituales faltas de carácter. No esperamos mucho de los demás para que tampoco los demás esperen mucho de nosotros. Un horizonte, por supuesto, poco o nada varonil, rasgo demasiado frecuentemente ausente en el contemporáneo debate en la prensa.

Pues de flojos y timoratos está tejida en todas partes el anecdotario de la moral pública y hasta solo de vez en cuando se nos ofrecen figuras como las de un William Wallace en Escocia o la de un Mío Cid en España.

De cobardes, degenerados y de pusilánimes están en cambio tejidas hoy las historias de todas las sociedades. En otras palabras, el mundo de los corajudos ha sido casi siempre el mundo más exiguo de todos, y a ese mundo perteneces Jose Rubén a pesar de tus evidentes lapsos de fe pública. 

Yo te admiro, Jose Rubén, aunque no nos sean raras las ocasiones en que llego a conclusiones diferentes a las tuyas. 

Por ello has llevado una vida azarosa, apasionada y repleta de múltiples riesgos, que la mayoría de tus adversarios en la vida pública no han sabido corresponder. Por eso, en esta ocasión excepcional te quiero felicitar. En una palabra, te considero todo un hombre, calificativo muy difícil de reconocer entre tantos payasos con pretensiones de estadistas. 

Adelante, no vaciles y nunca temas a tanto afeminado que hoy nos agobia. Porque pensar de esta manera es de realista y no pensar así es ilusión de candorosos analfabetas. 

Guatemala ciertamente merece un mejor presente pero para ello antes tenemos que procurarnos un mejor futuro.

Lo que me recuerda un apotegma de un prócer cubano de hace apenas dos siglos: “Instruir puede cualquiera, pero educar solo quien sea un Evangelio vivo”.

Nunca lo olvides, Jose Rubén…


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Author: Maria Suarez