El absurdo de las listas de fin de año, esas que comienzan a finales de octubre y terminan con los últimos cohetes del 31 de diciembre: mejores películas, mejores libros, mejores discos… Pues el absurdo, decía, es que terminan siendo el testimonio de todo aquello que no vamos a ver, a leer o a escuchar durante los próximos 12 meses. Tal vez es bueno saber que existen y que se convertirán posiblemente en una especie de guía para el momento en que nos aislemos del mundo y nos retiremos a vivir a una cabaña en la cima de los Cuchumatanes, para no irnos tan lejos. Puro pensamiento mágico, por supuesto, porque, en los tiempos que corren, ese retiro de la vida laboral y mundana se ha convertido en una nueva utopía, en un sueño de opio, en un delirio bonito pero irrealizable. Somos el producto perfecto de nuestro tiempo. A donde vayamos necesitaremos wifi y agua caliente. Un día sin internet puede provocar que terminemos dándonos de cabezazos contra las paredes.
Las listas mueven nuestros miedos más profundos, que se resumen todos ellos en el temor de desaparecer de este mundo. Actualizarse o morir, parece ser la consigna. Si no has leído estos 50 libros o no has visto estas cien películas no estás en nada. No merecés pertenecer a ese grupo de personas que sí cuentan, que se mueven con toda propiedad por los laberintos de la vida contemporánea. Te quedarás como un producto rezagado y obsoleto, como una computadora con ‘floppy’ ¿Qué hacés ahí escuchando los discos de la década pasada? Posiblemente la música actual ya no te procure ni te descubra nuevos placeres, pero si no la seguís estás frito. Estás viejo. Y envejecer en los tiempos que corren es un lujo que solo los escogidos pueden permitirse. Para nosotros, los simples mortales, nuestro deber es actualizarnos, cada semana, cada mes, cada año, como los teléfonos celulares. Qué significa ser actual, he ahí el dilema. Si no leíste los mejores libros de 2022, te jodiste, porque ya vendrán los de 2023 y los de 2024, que por supuesto no leerás porque te quedaste terminando los de 2020.
Hace un siglo, por ejemplo, la actualidad o no existía o duraba un montón de tiempo. El hundimiento del Titanic en 1912 fue noticia durante casi 10 años. De la Primera Guerra Mundial se habló prácticamente hasta que empezó la segunda. Ahora, la actualidad dura si mucho hasta la hora del próximo almuerzo. Si me venís con las mismas historias que ayer, mejor quedate en tu casa, refocilándote en el pasado. No podría recordar cuándo fue que entró el primer aparato de televisión en mi casa de niño, lo que sí es que duró más o menos 20 años, lo mismo ocurrió con la refrigeradora, la tostadora de pan, la radiola, la licuadora…
Perdí una pequeña máquina de escribir en 1990 y estuve a punto de derrumbarme, conocía mis torpezas, mis manías, mi pobre estilo literario, era la máquina perfecta y creía que me iba a acompañar para siempre. Nunca volví a utilizar una. Me enganché a las computadoras, a las actualizaciones, a la tecnología de punta. No recuerdo cuántos aparatos de estos en que escribo he destrozado desde entonces. Un día te despertás y te das cuenta de que te quedaste rezagado en el tiempo, que el ordenador ya no ordena ni responde a tus órdenes. Estás fuera de juego. Necesitás actualizarte o abandonar este mundo.
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