Berlín nueve de noviembre

Lo he contado antes, pero no importa, cada vez es distinto porque así funcionan los recuerdos: te asaltan y nunca sabes qué fotografías, qué sensaciones, qué ideas visitarán tu mente en súbitas ráfagas al darte cuenta de que han pasado treintaitrés años desde aquel extraño jueves 9 de noviembre en el que el mundo dio una voltereta al abrirse un hueco entre Berlín Oriental y Berlín Occidental.

Desde la ventana de mi oficina donde yo trabajaba con otros colegas corrigiendo traducciones del alemán al español veíamos, apenas a cien metros de distancia, a los soldados que de una y otra parte del muro apuntaban mutuamente sus catalejos y ametralladoras para controlar el paso en el famoso Chekpoint Charlie, uno de los cuatro pasajes que separaban el llamado “mundo libre” del “mundo comunista”.

Aquel jueves –yo, que ni me acuerdo del día de mi cumpleaños–, recuerdo sin embargo con precisión que salí poco antes de las cinco de la tarde del trabajo, y mientras caminaba por la Leipziger Strasse hacia mi casa, me topé con Hamad, un amigo palestino fotógrafo que venía de tomar fotos en Berlín Occidental (los palestinos estaban autorizados a cruzar sin trabas el famoso Muro). Recuerdo que compramos cada uno un helado y nos lo disfrutamos mientras conversábamos sin sospechar que, apenas cuatro horas después, esa misma avenida iba a regurgitar de gente intentando largarse hacia Occidente.

La sorpresa y la incredulidad estallaron en los ojos de Kerstin, mi compañera, y en los míos, cuando esa noche apareció en la televisión la noticia de que alguien, desde las instancias dirigentes del Partido Socialista (uno de los cuatro partidos de la coalición gubernamental de la República Democrática Alemana) había autorizado que todos los ciudadanos del Este pudieran visitar por primera vez sin trabas el territorio situado al otro lado del muro y de las alambradas de púas. Contemplamos entonces, con la boca abierta, cómo miles de personas aprovecharon esa noche (y los días subsiguientes), para hacer realidad su sueño, es decir, descubrir el sabor y el olor del iluminado “paraíso” consumista, frente al “infierno” gris y monótono del socialismo real.

Como lo he expresado en otras oportunidades, la desaparición del Muro fue liberadora en muchos aspectos, pero también significó una pérdida de derechos. Solo mencionaré tres importantes: Las mujeres gozaban de una libertad y de una igualdad únicas en el mundo. Los obreros calificados tenían allí un salario dos veces más alto que el salario de los profesores universitarios. Prácticamente todos los ciudadanos de la RDA podían darse el lujo de viajar a otros países socialistas durante las vacaciones, lo que no era ni es el caso en los países capitalistas.  


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Author: Maria Suarez